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SOBRE EL VOLCÁN >

Plácido limpia en el hospital – Por David Sanz

   

A mí este país se me parece cada vez más al que describió magistralmente Berlanga en la película Plácido. Un demoledor retrato social que estamos condenados a repetir si alguien, no sé quién, no lo remedia antes. Como Plácido, somos muchos los que vivimos agobiados, en este caso no por pagar la letra del motocarro que conducía el actor Casto Sendra Barrufet, Cassen, en aquella Nochebuena en la que se desarrolla la película, sino por hacer frente a la hipoteca, la factura de la luz, el teléfono, el supermercado, la gasolina. Mientras tanto, los sueldos de los que todavía tenemos la suerte de conservar un puesto de trabajo caen en picado, por no hablar de quienes habitan en el olvido de las oficinas del paro. Un país marcado por una cada vez mayor diferencia entre ricos y pobres, quebrando la clase media, que es la que ha dado a este país una estabilidad democrática que no había conocido a lo largo de su historia cainita. Pobres los parados, cada vez más pobres los trabajadores. Vamos camino de una fractura social de consecuencias dramáticas. Trabajadores empobrecidos son, por ejemplo, los empleados de la empresa Hermanos Santana Cazorla en los centros que dependen del Servicio Canario de Salud en La Palma, a quienes le deben dos nóminas y una paga extraordinaria. Sueldos de 900 euros, de los que en muchos casos dependen familias enteras y que no están ingresados a tiempo. El banco empieza a devolver facturas, a aplicar sanciones económicas por caer en descubiertos, cortes de luz y de teléfono. Mientras tanto, la empresa le echa la culpa al Servicio Canario de la Salud y viceversa. Y en medio de ese conflicto, el trabajador que viva del aire y cuando no tenga para darle de comer a sus hijos le cuenta que ni la empresa ni la consejería se ponen de acuerdo y que se consuele con que al menos mantienen la tarjeta de la Seguridad Social. De aquellos polvos, vinieron estos lodos, y así acaban estos procesos que llaman de externalización, que no son otra cosa que privatizar lo que nunca debió dejar de estar en manos de la Administración pública. Con el tiempo, y si no dejen que las cabezas pensantes de este país sigan maquinando, a alguno se le ocurrirá promover unas navidades como las de Plácido, donde la caridad de los ricos promovió el concurso “ponga a un pobre en su mesa”. A mí todo esto me provoca náuseas.