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después del paréntesis>

La selva – Por Domingo-Luis Hernández

   

Desde hacía algunos años guardaba en mi cabeza algunas de las industrias de los indios. Que son gracias al traslado de Europa por el arrojo de un tal Christophoro Colombo. Varios asuntos había aprendido después de discurrir por la (también mal llamada) literatura precolombina. Eso los sitúa en el planeta de manera singular. Pero no hablo aquí de los aztecas, ni de los incas, ni de los admirables mayas… Recurro a los guaraníes o a los tupí-guaraníes que comparten el hoy territorio de Paraguay y Brasil.

Recurro al preclaro vanguardista brasileño José Oswald de Sousa Andrade. Tuvo la ocurrencia de definirlos así: cuando veían a los milicianos portugueses entrar por el Mato Grosso do Sul con sus armaduras decían: “Ahí viene nuestra comida saltando”. En ello basó su manifiesto de la antropofagia, en que la carne de los conquistadores era sabrosa.

Por azar me encontré con la cosmogonía guaraní. Sorprendente. Sin ciudades, sin templos, sin sumos sacerdotes dan a la memoria palabras sobre el origen que nos desconciertan. Me impresionó el modo en que fijan el universo a la tierra, como una extensión del cielo (donde está lo verdadero), en los cuatro puntos cardinales pero con una señal recurrente: las palmeras, que no vi en la selva en la que viven. Que su dios Ñamandú los dejara al borde del abismo por faltas como el incesto, no es raro. Que por eso recogiera sus maracas, su sombrero y su taburete y desapareciera tampoco. Que aún hoy sigan buscándolo por los arduos vericuetos de la jungla para pedirles las disculpas pertinentes es extraordinario. Mi primera experiencia de los límites se produjo en Foz do Iguaçu. Como suele ocurrirme en esos casos, tomé un autobús, otro autobús, otro autobús… Y paró. Me acerqué al conductor y le pregunté si no había más servicios hacia el sur. Me miró sorprendido. Luego al frente. Otra vez a mi cara de pulpo escondido en un angar de la British Airways. Alzó la mano y señaló. Me preguntó en portugués: “¿No ha visto?” Vi; un infinito de árboles sin fronteras, la Amazonía. Me asusté.

Luego, habría de arriesgarme por aquellos caminos. Dos argentinos, un brasileño y el pulpo dicho de la British Airways. No my lejos de la frontera de Puerto Stroessner salió a nuestro encuentro con algunos objetos artesanales en sus manos porque éramos blancos. Le compré un arco decorado con hilos de colores. Llevaba en mis bolsillos pesos, reales y dólares. No supo decidirse. Lo ayudé. Y nos interesamos. No hablaba español, ni portugués, ni inglés… Hablaba la lengua de sus ancestros. Pero los hombres siempre se entienden cuando quieren entenderse. Y he de deducir que vio en mis ojos una chispa que le interesó. Dejó de tratar con los turistas. Se puso de cuclillas, tomó un palito del suelo e hizo dibujos sobre la tierra húmeda. Yo nombré a Ñamandú. Él se alzó, abrió los brazos y señaló a su espalada.

Un invidente como yo nada dedujo de lo intrincado, de lo que para él solo era la huerta que se prolongaba más allá de la hamaca prendida al árbol en el que vivía. Supe que aquel hombre conocía todos los secretos del cosmos, que si hubiera tenido arrojo le hubiera pedido que me enseñara a tejer los juncos para permanecer allí, que me adiestrara en reproducir el canto del pájaro campana, o a interpretar el recorrido de los miles de insectos que recorren la foresta. Pero me demoré tres días en una guagua para regresar a Buenos Aires, y de Buenos Aires hasta aquí donde hoy lo recuerdo, y no por casualidad.