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Sobre la reforma electoral – Por Francisco Pomares

   

Nueva Canarias ha vuelto a la carga con su idea de reformar el sistema electoral canario. El partido de Román Rodríguez no pide grandes cambios, apenas que se reduzca el tope insular del 30 al 5%. Habrá quien piense que con la que está cayendo, ocuparse ahora del sistema electoral es una frivolidad. Yo no lo creo: el sistema electoral canario es uno de los más injustos que existen hoy en el planeta: ni siquiera Turquía establece para los kurdos reservas tan brutales como las establecidads en Canarias para las islas. Lo normal en los países democráticos -en el resto de España es así, de hecho- es que el 5% sea tope más que suficiente para evitar que los parlamentos se convirtan en una carajera. En Canarias, el tope insular es del 30%. Se estableció así por acuerdo enrte los grandes partidos, y con el apoyo de Coalición Canaria, que quería cargarse por esa vía al PIL de Dimas Martín. De hecho, lo lograron: sin el tope del 30%, el PIL habría sacado tres diputados en las elecciones de 2007, en las que obtuvo casi diez mil votos y el 22,5% de los sufragios, pero no colocó ningún diputado porque no llegaba al 30% insular. Coalición, con solo ocho mil votos y el 15% de los sufragios, colocó dos diputados, por ser una fuerza regional.
El sistema de topes ha perjudicado a otros partidos después: a Nueva Canarias y al Centro Canario de Nacho González, especialmente, para beneficiar a los tres grandes y -sobre todo- a Coalición Canaria, que montó el sistema para no tener problemas de deserción en sus filas.

Es verdad que todo tiene dos caras, y que el injusto mecanismo de topes en el sistema electoral canario también sirvió para evitar la ingobernabilidad y el chantajismo de las minorías que podía darse -y de hecho se dio en votaciones menores- por parte de representantes de las islas periféricas. En ese sentido, los topes son una suerte de concesión a un sistema cuyo verdadero problema actual arranca en la forma en que se prima a las islas con menos población, en las contradicciones de la triple paridad y en la inexistencia de candidaturas regionales. Sería injusto considerar que esos aspectos problemáticos no han aportado ventajas al funcionamiento de la autonomía en Canarias. Sin la triple partidad, la construcción de la región habría sido prácticamente imposible, y sin primar el territorio, las islas periféricas jamás habrían logrado el desarrollo que consiguieron gracias a la autonomía. Quizá por eso la propuesta de Nueva Canarias no es demasiado ambiciosa.