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La tarta – Por Francisco Pomares

   

Un informe de la Generalitat de Cataluña difundido ayer en los medios de comunicación pone de manifiesto que Canarias es la comunidad que menos dinero por habitante recibe del sistema de financiación autonómica, pero también la que menos recursos tributarios per cápita aporta al Tesoro nacional. No se trata de una novedad, de hecho refleja exactamente los mismos datos que el informe anual del Ministerio de Hacienda. Canarias aporta menos de la mitad de lo que se aporta de media, y recibe algo más del 80% de lo que se recibe de media. En términos prácticos y absolutos, Canarias recibe del tesoro público el doble de lo que aporta. Se trata de un hecho inconstestable, que -como todos- puede ser y es contestado. Por ejemplo, por quienes aseguran que no toda la actividad económica que se realiza en Canarias tributa en Canarias, y eso reduce la aportación de la región a la caja común. Es cierto: los bancos, aunque estén establecidos en Canarias, tributan donde están instaladas sus casas matrices. (Ya se verá el bajón que supone que la tributación de la antigua CajaCanarias -hoy CaixaBank- pase a hacerse en Barcelona…). Y hay hoteles que pertenecen a cadenas peninsulares o baleares que tributan fuera. Eso ocurre en todos lados: hay empresas que operan en Cuenca y tributan en Bilbao. La baja tributación canaria puede ser consecuencia de una especial presencia en las Islas de empresas no locales, pero también de que hay muchísimas empresas locales (las que tienen beneficios) que tributan muy por debajo de lo que lo hace la mayoría de las empresas españolas, porque se acogen a las ventajas fiscales del REF. Con unos números o con otros, lo cierto es que Canarias recibe el doble de lo que aporta, y aun así queda más de 15 puntos por debajo de la financiación media nacional. La solidaridad interregional nos favorece más que a nadie, pero Canarias sigue estando, a pesar de ello, a la cola en la mayoría de los indicadores económicos y sociales. Una explicación es que durante los últimos años, con crecimientos continuados hasta el inicio de la crisis, aquí la tarta se ha repartido muy mal. En Canarias la desigualdad social es hoy mayor de lo que era hace cuarenta años, y no solo por efecto de la crisis, sino porque durante esos cuarenta años la riqueza de los muy ricos creció desbordada, mientras que la pobreza se reducía muy despacio.

Cuando se habla de cambiar el modelo económico canario, de “sustituir cemento por inteligencia”, habría que recordar que las sociedades modernas no son viables si no equilibran la desigualdad. Podemos pedir mayor pedazo de la tarta fuera, pero de poco va a servir si no se reparte dentro con más justicia y equidad.