X
A babor >

De tiburones y pardillos – Por Francisco Pomares

   

El argumentario del Partido Popular en el caso Bárcenas se basa en convencer a los ciudadanos de que el Partido Popular y sus dirigentes fueron engañados durante veinte años y hasta ayer mismo por un delincuente que ahora intenta chantajearlos, algo a lo que Rajoy y sus valientes conmilitones se han enfrentado con valor y gallardía, dicho lo de gallardía sin segundas. Como película de risa, el argumento se sostiene, pero los hechos tienen muy poco que ver con eso. Ojo: no niego que Bárcenas sea un delincuente, y que haya intentado chantajear al Partido Popular y especialmente al presidente Rajoy con los secretos que conserva en su libretita, que es como la de José María Aznar, pero en vez de resortes lleva grapas. Pero la cosa es que sólo chantajea quien tiene recursos para poder hacerlo. Bárcenas no ha intentado chantajearme a mí, ni a usted, sino a la cúpula del PP. ¿Por qué lo ha hecho? Pues porque durante veinte años ha apuntado minuciosamente todas las entregas de pasta en negro con la que los castos maitines del PP se convertían en el banquete de las bodas de Caná. Contra la evidencia de ese reparto generalizado de prebendas y canonjías no hay argumentario que se sostenga. Barcenas no es el primer tesorero de un partido con problemas ante la justicia. Sólo en el PP, sus tres predecesores, Rosendo Naseiro, Álvaro Lapuerta y Ángel Sanchís, pasearon (y alguno pasea aún) por los juzgados. El cierre en falso de uno de los mayores escándalos de financiación de partido político en la democracia española -el caso Naseiro-, al que se dio portazo por un problema de grabaciones no autorizadas- supuso una cierta generalización a la percepción de impunidad a los señores del dinero en Génova, pero Bárcenas lo tiene realmente muy difícil para salvarse de esta. Lo trincaron primero tirando del hilo de la trama Gürtel, una trama relativa al pago de comisiones ilegales a través de servicios adjudicados por el PP, y por corporaciones públicas controladas por el PP, y le sacaron las vergüenzas cuando -siguiendo instrucciones de su propio partido- intentó lavar los cuartos que había desfalcado, en una amnistía fiscal que parecía pensada para él, y luego resultó ser un cepo malayo. Bárcenas sabe ya que está perdido, y no hay nada más peligroso que un tiburón herido. Se va a llevar por delante lo que pueda, y va a enredar para que lo suyo -esos 47 millones que pastaban en Suiza- parezca lo de menos. Quizá pase a la historia como un delincuente que hizo caer un gobierno, y no será la primera vez que eso ocurre. Pero sí podría ser la primera vez que cae un presidente por darle al dedito en el móvil como un auténtico pardillo.