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Tragedia y televisión – Por Juan Manuel Bethencourt

   

Más allá de la lectura principal, la tragedia ferroviaria con su inaceptable saldo de vidas humanas, como inaceptables son siempre estos golpes tan dolorosos que asoman a la puerta de la actualidad cada cierto tiempo, hay unos cuantos asuntos derivados que merecen un comentario. Uno de ellos es la cobertura mediática del accidente de Santiago de Compostela en las primeras horas del mismo. Nos explica hasta qué punto la televisión informativa en España se encuentra en estado de derribo. Cuando ya era evidente que estábamos ante un siniestro de proporciones desconocidas en décadas la programación de las grandes cadenas se mantenía inalterable. El asunto no merecía un minuto de pérdida en la cuota asignada a Jorge Javier Vázquez, por ejemplo. Ni a una serie, ni a un reportaje enlatado de viajes. Lo peor de todo es que si los canales no cortaron su programación fue porque no podían hacerlo; las estructuras de los informativos han menguado hasta la mínima expresión, de modo que en verano y a las diez de la noche no hay recursos ni agilidad para responder ante un imprevisto. Ya el accidente del avión de Spanair en Barajas, agosto de 2008, nos dio una señal de hacia dónde iban las cosas: mucho espectáculo y frivolidad, poco rigor informativo, aunque en aquel caso con un minutaje mucho más generoso. El pasado miércoles ni eso. Solamente La Sexta hizo un breve alto para informar sobre el descarrilamiento del tren. Todo quedó, pues, en manos de la televisión pública. Ay, la televisión pública. Entristece el desplome sufrido por el Canal 24 Horas durante el último año y medio, y no solo en independencia informativa. Frente a un acontecimiento de tamaña relevancia, la respuesta fue un informativo sin nervio, sin ritmo, sin ganas, escenificado por un presentador veterano, rescatado de la tele de los ochenta, que hizo lo que pudo y definió como experto en la materia al presidente de una asociación de amigos del tren, que le corrigió con elegante sutileza. Nada que se pueda entender como algo cercano a una televisión informativa acorde con los tiempos de Internet. Tampoco hace falta ser la CNN ni remedar el pulso vibrante de la serie The Newsroom. Basta con ponerle el empeño que acompaña la cobertura informativa de todo gran acontecimiento. Hemos hecho tantas concesiones a cuenta de la crisis y otras miserias, tantas, que se ha perdido el amor a ciertas reglas elementales. No es lo importante, claro. Lo doloroso es la tragedia en sí. Pero el cómo contamos las cosas tiene su relevancia.

@JMBethencourt