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A TODA MÁQUINA >

El trazo de la mentira – Por Román Delgado

   

El presidente del Gobierno está presionado, muy presionado, presionado como nunca, hasta la médula, y para colmo de males (¡ay EPA que traerá aire fresco, salvadora, cuándo llegarás al fin!), todos los caminos se le cierran, confluyen y dibujan una única senda: la que lo conducirá, de forma creo que ineludible, al templo de la democracia -dicen ellos mismos-, al lugar en el que se hospedan los representantes cada vez menos diversos que manan de la lectura de las urnas, con mayoría de los suyos, del PP, fruto de los tan manidos como válidos ocho millones de votos que se decidieron por el membrete con alegoría de gaviota. Visto que a Mariano Rajoy (el registrador de la propiedad que renunció a la pasta por el servicio a los demás, según interpretación vulgar de García-Margallo, que no contó los supuestos sobresueldos al hacer el cálculo), cada vez menos lúcido en sus intervenciones públicas sobre los papeles del encarcelado y cada vez más nervioso, tenso y hasta impertinente en sus respuestas (aparte de otros manejos ideados por el aparato de Moncloa para hacer borrones en vez de dar brillo a la verdad), no le va a quedar más remedio que darse una vuelta por la Carrera de San Jerónimo, por la Cámara baja (las últimas encuestas publicadas sobre el asunto de los papeles y demás golferías asociadas son nítidas acerca de lo que opina la gente, los españolitos, sobre Bárcenas y los millones, o sea, que Génova era una supuesta fábrica de producir y de distribuir en B con mayoría de edad…), para exponer su enésima mentira. Es esta arquitectura fina, esta ingeniería tramposa, la que debe estar ahora montando el presidente bajo la sombra de árboles tristes y vinos pasados de fecha. A Rajoy le ha llegado con antelación la fría y desnuda estación de invierno. Nieva sobre sus aposentos, y eso le impide salir a decir la verdad. El tiempo no acompaña, pero tampoco escampará, así que tendrá que subirse a la mentira. Gana horas y días para no fallar en la ocultación, un manejo que sería descubierto a todos si la respuesta de la Justicia ante la corrupción fuera manifiestamente mejor, como prefiere Víctor Medina, decano de los abogados tinerfeños. Lleva razón. Rajoy debe repasar aquel aforismo que sentencia: “Cuando el político habla de paz, el pueblo sabe que habrá guerra”, así más o menos, que soltó Brecht. Vamos, que tontos sí, pero no tanto…, querido presidente.