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Andrés de las Casas – Por Luis Ortega

   

Cortesano para lo bueno y lo malo, Quevedo la diagnosticó como un mal soportable y, hasta en cierto modo, creativo; bon vivant, con todos los activos de esa condición, José Luis de Vilallonga la consideró un error. Patología leve o humana equivocación, para los palmeros resulta difícil sustraernos a los efectos de la nostalgia cuando madura agosto y, desde la distancia, la blanca enseña de María ondea en el lomo y las campanas, con la dulzura de la copla de Roberto Rodríguez anuncian fiesta.

Cuando me coge fuera, y tal como hace mi madre -reconozco mi ritualismo sin excesos- enciendo una vela ante una ajustada reproducción de la imagen que conservo desde la infancia, que me ha seguido además en todos mis tumbos y mudanzas.

En esta ocasión, la emoción agridulce creció en la distancia porque, una vez más, la música de Luis Cobiella -tan cerca siempre- amenizó la liturgia solemne y recordó que nadie como él, sin contabilidad ni presunción, había sido tan generoso con nuestra tierna y poderosa advocación a la que ha dedicado sus mejores afanes artísticos y una devoción sin medida ni fisura que tiene en el ejemplo su mejor catequesis. En la misma ceremonia, concelebrada por monseñor Álvarez Afonso y todos los sacerdotes palmeros, el rector del Santuario recibió la Medalla de Oro de la Isla, entregada por la presidenta del Cabildo, Guadalupe González, por acuerdo unánime de la corporación que reconoció los valores, históricos, artísticos y piadosos del templo, acaso la primera construcción que se promovió en La Palma.

En la víspera recibí -ocurre desde que tengo memoria- la llamada de un palmero del exterior, que encontró en el teléfono una prolongación de su carácter afable y de su memoria prodigiosa y, con todo lujo de señales, me recordó los leales custodios de la Virgen desde mediado el siglo XIX: Antonio Pérez, un hombre serio y adusto; el inolvidable Andrés de las Casas, pionero en el cuidado artístico del recinto y tempranamente fallecido; Pedro Manuel Francisco de las Casas, primo del anterior y promotor de las notables mejoras de las últimas cuatro décadas y Antonio Hernández, director del Proyecto Hombre, que ha dejado su impronta en los numerosos destinos que ha ocupado y que asumió, con orgullo e ilusión, este mandato. Hablé de la nostalgia, ¿verdad? Entiéndase también como la busca proustiana del tiempo perdido.