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Ciudadanos – Por Pedro Murillo

   

Cuando los historiadores del futuro analicen las primeras décadas del siglo XXI, sin duda las calificarán como de periodo de transición. En el caso de España, lo que se ha puesto de manifiesto es la situación esclerótica del concepto de ciudadanía en su forma sustantiva y que permanecen agonizando en una ciénaga que todos aciertan en llamar democracia. El concepto de ciudadano nace en Grecia y Roma como extensión y sostén de la denominada res pública. Un status legal que solo estaba ostentado por un grupo de personas quedando excluidos mujeres, esclavos y los denominado bárbaros, apelativo al que se reducían todos aquellos que no eran ciudadanos. Con la llegada de la Ilustración y el declive del antiguo régimen el vasallo se convierte en ciudadano y posteriormente, la revolución industrial y los consiguientes movimientos obreros y defensores de la justicia social elevan a la ciudadanía como vértice del sistema. Nuestro sistema se basa en una democracia representativa en donde el poder reside en una confusa soberanía nacional. Así, la ciudadanía se circunscribe a la noción nacionalista, somos ciudadanos de un país cuya soberanía reside en el pueblo. La actual situación de desintegración y la falta de una efectiva democracia representativa en nuestro país derivan de una transición política que permitió un sistema electoral que constreñía la representatividad popular a un bipartidismo sin fisuras. Ahora,el status de ciudadanía se ha devaluado a cotas impensables hace tan solo una década. Los desahucios son una clara muestra del intento de erradicación del concepto de ciudadanía; un ejemplo de la injusticia social, la desprotección legal ante el abuso manifiesto y objetivo de un sistema del que somos del todo ajenos. Los resortes de ese nuevo sistema, profundamente neoliberal es un enemigo escurridizo, basado en la tecnología, con centros de poder deslocalizados y supranacionales. El intento del movimiento del 15 M para recuperar el status ciudadano fue loable y sin embargo estéril. La falta de pragmatismo y de objetivos claros resultaron perfectamente asumibles y fagocitados. El problema radica en un tipo de activismo caduco, que encuentra su ontología en la década de los 70 que no ofrece suficientes respuestas a los problemas como si intentáramos reproducir un vinilo en un ipod. Será necesario refundar el concepto de ciudadanía, ese por el que se establece a los individuos, más allá de su sexo o precedencia, como sujetos investidos de derechos pero también deberes, unos deberes entre los que se encuentra la de participar en la vida pública y no ser meros espectadores. Lo urgente e importante es dejar de ser consumidores y volver a ejercer como ciudadanos.