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La elección – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Cuando estos días los líderes de los partidos de la oposición hablan de Gibraltar nos parece que estamos oyendo a políticos gibraltareños. Solo les traiciona el acento. Pérez Rubalcaba, Cayo Lara y los demás representan la peor tradición de nuestra cultura y de nuestra política; representan la falta de lealtad institucional y de sentido de Estado, el aprovechamiento miserable de un conflicto internacional que afecta a España en su conjunto y a todos los españoles para hacer política partidista y atacar al Gobierno. Al contrario que nosotros, la política británica respecto a la Roca es invariable y no depende de que gobiernen los tories o los laboristas. Y si los partidos de la oposición abrigan alguna reserva sobre las acciones gubernamentales, se guardan muy mucho de manifestarla. Por eso los británicos son lo que son y los españoles somos lo que somos.

La falta de lealtad institucional y de sentido de Estado de los variopintos nacionalismos que disgregan cada vez más nuestro sistema político se da por supuesta. Lo contrario sería noticia. Pero cuando unos partidos que, al menos con la boca pequeña, rechazan la ruptura de este país y están de acuerdo con la reivindicación española sobre Gibraltar adoptan posiciones coincidentes con las gibraltareñas y critican al Gobierno español igual que lo hacen las autoridades del Peñón, esos partidos muestran lo pequeña que es su boca y los grande que es su deslealtad. Las medidas que está adoptando el Ejecutivo pueden ser acertadas o no, podemos estar de acuerdo con ellas o no, pero el más elemental de los patriotismos nos impide censurarlas.

La política condescendiente -con ribetes entreguistas- que practicó el Gobierno de Rodríguez Zapatero no ha producido resultado alguno. Su ministro de Asuntos Exteriores, el inefable Miguel Ángel Moratinos, tiene el dudoso honor de ser el único miembro de un Gobierno español que ha visitado Gibraltar. En esa época se hicieron concesiones que no han servido para nada. Y nuestra debilidad internacional y la pobreza de nuestra imagen incentivan agresiones y políticas de hechos consumados como las actuales de Gibraltar. En contra de lo que sugieren ciertos analistas, no ha sido el Gobierno español el que ha creado el enfrentamiento para desviar la atención del caso Bárcenas. Una vez más, la responsabilidad es del Ejecutivo gibraltareño, que ha alterado gravemente el statu quo con el acto unilateral agresivo de arrojar al mar en aguas de la bahía de Algeciras que considera propias 70 bloques de hormigón con pinchos de acero, que impiden el uso de sus artes de faenar a los pescadores de la flota gaditana.

En aplicación correcta del tratado de Utrecht, única apoyatura legitimadora de la existencia de la colonia, España no reconoce aguas territoriales a Gibraltar, mientras ellos consideran así a las comprendidas en milla y media náutica en la bahía de Algeciras -la mediana con España- y tres millas náuticas en sentido contrario, en mar abierto. Y el Gobierno español ha respondido a la provocación gibraltareña con controles fronterizos y el anuncio de otras medidas de control en defensa de nuestros intereses, sobre las cuales lo único que cabe preguntar es por qué no se han tomado con anterioridad.

Como decíamos antes, desde el tratado de Utrecht la política británica respecto a Gibraltar ha sido invariable y no ha dependido de que gobernara un partido o gobernara otro. Su objetivo de siempre ha sido consolidar social, política y económicamente al Peñón, ganar territorio a España más allá de las fronteras establecidas en el tratado, y debilitar sistemáticamente las opciones y la capacidad de respuesta de los españoles. Ha sido una estrategia monolítica, basada en la preponderancia internacional, la potencia militar y económica, y la cantidad y calidad de las alianzas del Reino Unido, infinitamente superiores a las de España. Y ha sido una estrategia favorecida por la debilidad, la torpeza, la desidia, la ingenuidad y la desunión de los gobernantes y políticos españoles. Igual que ahora.

Ahí radica otra característica nefasta de nuestra cultura y de nuestra política. Al contrario que los británicos, en todos estos años las políticas españolas sobre Gibraltar han variado de una etapa a otra, de un régimen a otro, de un Gobierno a otro. Siempre hemos ido por detrás, al compás de los acontecimientos y las circunstancias, al ritmo que nos marcaban los británicos y los gibraltareños, que siempre han llevado la iniciativa. Nosotros hemos fluctuado entre la dureza y la tolerancia, hemos pasado de cerrar la verja e intentar aislar a la colonia a negociar y aceptar todo tipo de concesiones y privilegios. Y nada ha servido para nada. De cada envite hemos salido debilitados y en peor situación que antes. Y para colmo, los gibraltareños siempre han tenido clara la elección entre una democracia avanzada, poderosa y seria y un país sin tradición democrática, corrupto, débil y no fiable; un país de pícaros con una cultura picaresca, que juegan a ser europeos, modernos y respetables, pero que no consiguen disimular su condición.

Los gibraltareños siempre ha tenido clara su elección. El problema irresoluble de Gibraltar debería servir, al menos, para que los españoles tuviésemos clara la nuestra.