X
tribuna > Wladimiro Rodríguez Brito

Hijo de campesino, médico; hijo de médico, tocador de guitarra – Por Wladimiro Rodríguez Brito

   

Pocas veces en la historia de los pueblos se produce un cambio generacional de la magnitud y la dimensión del actual. Hoy en día tenemos un amplio colectivo mirando con nostalgia la sombra del ayer, como referencia para la vida del mañana. Claro que hemos de mirar el ayer, pero no solo el espejismo de los últimos escasos años en la historia del territorio. El ayer es también la lucha y el esfuerzo de unos campesinos que construyeron más de dos mil kilómetros de galerías, miles de pozos y levantaron miles de kilómetros de paredes menores que la muralla china. Fueron millones de quintales de piedras movidas con las manos campesinas, transportadas con rastras tiradas por vacas. Las islas del kitesurf y los rallies saben mucho de trabajo y miseria. Ahora lo que toca es gestionar un territorio con más recursos que el pasado que no queremos recordar, el de la emigración y la miseria; aunque ahora no tenemos adonde emigrar. Tenemos un cúmulo de recursos mal explotados, pero, sobre todo, el principal recurso en la historia de la Humanidad, que somos nosotros mismos, estamos noqueados por los golpes del primer asalto, estamos aturdidos. Es una ilusión para todo padre tener un hijo médico o funcionario; la ilusión de que estudiáramos para salir adelante, de una situación dura y problemática para las familias, no solo rurales sino también urbanas. Hagamos un mejor uso del agua, de la tierra y del turismo. Sobre todo es necesario un cambio de mentalidad hacia el suelo que pisamos, hacia lo local, lo pequeño, lo nuestro, lo que Confucio llamó alcanzar la sabiduría por la experiencia. No hay modelo ideal que copiar, hagamos camino, busquemos equilibrios sociales y ambientales. Podemos tomar como referencia a la mayor potencia emergente del mundo. El actual equilibrio social que disfruta China seguramente se rompería si el 47% de la población campesina (que solo produce el 15% del PIB) emigrara a la ciudad, ya que alimentan mayoritariamente a la población del país a un coste razonable. Aquí, sin embargo, tenemos muchos títulos universitarios y una desconexión con la realidad social y ambiental del suelo que pisamos. Los recursos humanos ociosos, sean universitarios o no, no son compatibles con las tierras balutas. Esta es una gran contradicción, pongamos las mentes y las manos a trabajar. Disponemos de más recursos que cualquier periodo histórico salvo durante el espejismo del boom de la construcción y el turismo. No solo son las infraestructuras sanitarias, de comunicación, educativas, etcétera, sino el agua disponible hoy: tenemos un caudal de más de quinientos millones de metros cúbicos de agua al año; los caudales máximos con los que habían contado los canarios hasta el siglo XX nunca habían alcanzado los cien millones de metros cúbicos, distribuidos en zonas puntuales de cuatro islas. Hemos de encontrar felicidad y utilidad en la vida más allá de los títulos universitarios o de los que nos da la universidad de la vida, hoy sumamente devaluados, social y económicamente. Es aquí donde radica gran parte de la frustración de un amplio colectivo.

No solo hemos tenido el noble sentido de superación con el estudio y el trabajo, sino que por desgracia somos hijos de una sociedad que ha devaluado social y económicamente al mundo rural. Este pueblo tiene que dignificar y respetar al mundo rural, con su vida, el trabajo, las costumbres y los usos tradicionales. Las leyes que se han hecho en Canarias, en muchos casos no fomentan ni facilitan la vida a los hombres y mujeres del campo, al contrario. Los sistemas de uso de la tierra tampoco, y no digamos la comercialización y el sistema de distribución de los productos del campo en las islas.

Necesitamos reformas profundas, que animen a nuestros jóvenes a la incorporación al mundo rural. La universidad, la guitarra y el sacho pueden generar armonía y paz, y no tensión y miseria. La vuelta al campo es una oportunidad social y ambiental, pero puede ser un trauma dada la actual cultura dominante: el que sirve, sirve y si no para el campo. La agricultura es una de las actividades más nobles de cuantas ha realizado el hombre desde la noche de los tiempos. Vivimos en una sociedad polarizada hacia el dinero y la fama, bienes que no están al alcance de los campesinos. El sacho como herramienta está devaluado más que por el bisturí por el dinero fácil conseguido en un modelo lleno de espejismos. No todos podemos ser médicos y funcionarios, nos toca sembrar más armonía en lo social y ambiental. Tiene que haber una mayor solidaridad entre el campo y la ciudad, entre el hombre y la tierra que pisa. Posiblemente hemos de leer algunas de las máximas de Deng Xiaoping.