X
LA PUNTA DEL VIENTO >

El Hyde Park portuense – Por Agustín M. González

   

Las vacaciones estivales me permitieron recuperar por unos días mi origen portuense y los placeres del ocio en el valle de la panza de burro, sin la tiranía del reloj. Baños mañaneros en playa Jardín, cafés a la sombra de los centenarios laureles de indias de la plaza del Charco, visitas a la familia cerca del Chorro Cuaco, paseos nocturnos por Martiánez, noches de copas y picoteo en los bares del muelle… Y el Parque Taoro. En las vacaciones recuperé el Taoro, uno de los rincones preferidos de mi infancia, el escenario de infinidad de aventuras fantásticas con la pandilla, cuando aquel paraje era un coto marginal, un bosque encantado y olvidado en lo alto de la ciudad. Recuerdo aquel Taoro decrépito, un inmenso y triste jardín abandonado por años de decadencia, desde el cierre del lujoso hotel. En la década de los 90 del siglo pasado el alcalde Félix Real logró aunar los esfuerzos de tres administraciones (ICONA, Cabildo y Ayuntamiento) para rescatar el parque del olvido y de la vergüenza. Lo primero fue recuperar los Jardines de la Atalaya, con sus fuentes, cascadas y miradores, de la mano del ingeniero Eugenio Machado. Corporaciones posteriores remataron la faena en colaboración con el Cabildo y rehabilitaron el sector del camino de La Sortija. Así, hoy el Parque Taoro es el gran pulmón verde de Puerto de la Cruz. Un lugar extraordinario por su belleza paisajística, por su interés botánico y geológico y por la gran función social que ahora cumple. Aquí bulle la vida: cientos de deportistas federados y aficionados lo utilizan a diario para sus entrenamientos, las familias acuden a jugar con sus hijos o pasear las mascotas, hay hasta quien monta picnics en las parcelas de césped; los turistas disfrutan del paisaje y de los mejores miradores sobre la ciudad turística… El Taoro es una joya del Puerto. Y de la Isla. Es el Hyde Park portuense, la versión ranillera del famoso parque urbano londinense: el gran espacio libre que ayuda a respirar a la ciudad y a los ciudadanos. Por eso, tanto el Ayuntamiento como el Cabildo deben poner un poco más de esmero en su mantenimiento, para que sea la joya por la que tanto lucharon grandes defensores de este espacio inigualable, como Enrique Talg y Paco Jordán, cuya memoria sigue presente entre el malpaís y las tabaibas.