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Kevin Power, la delicadeza desnuda – Por Fernando Gómez Aguilera

   

El pasado viernes falleció en Santander Kevin Power (Gravesend, Kent, 1944). A los 69 años lo arrasó un ictus. Teníamos pendiente un encuentro en los próximos días en su cabaña de Pisueña, donde nos encontrábamos los veranos con nuestras parejas, Marga (Margarita Amat) y Mon (Mónica Carballas). A la sombra del esplendoroso fresno que crece junto a su apartada vivienda en las laderas de las montañas de la Vega de Pas, donde se retiró hace unos años con Mónica, muy cerca del estudio santanderino de su amigo Juan Uslé, comenzábamos por compartir una botella de champán, que contribuía a tejer el encuentro, una demorada conversación sobre poesía, pintura y circunstancias sociopolíticas y culturales. Luego llegaba el pescado preparado por Mon y abundante vino, quizás una melancólica esperanza de salvación para caminar sobre las cenizas de un paisaje nacional cuya naturaleza coincidíamos en juzgar inane y vulgar. En su breve y último correo de apenas hace unos días, preguntaba si ya habíamos llegado a Cantabria, como cada agosto, y me recordaba la cita anual apelando a que, en estos momentos de pulverización y malestar, “el país necesita que los sanos se junten”.

Kevin era la pasión de la inteligencia delicada, una sensibilidad tan natural y luminosa como frágil y desnuda, alejada de cualquier pretensión: un pájaro blanco caminando sobre las escorias del volcán. Quizá contribuyera a esa condición su naturaleza de desplazado, su bohemia cosmopolita, tan discreta como elegante y, claro está, en vivo desorden, apegada a una esmerada biblioteca mental y, en los últimos años, física muy selecta, en la que convivían en igualdad de estima palabras e imágenes. Por eso, quizá también, y por su amplitud de miras, su escepticismo y su desafecto hacia el átono pulso de nuestro fatigado país arraigaban en una posición intelectual de privilegio, que le movía a buscar frescura en Latinoamérica o en cualquier otro borde del mundo, fuera del mainstream, en permanente descentramiento, mirando siempre desde un singular y desacostumbrado afuera. Por citar un solo caso, su abrumadora compilación de ensayos Pensamiento crítico en el nuevo arte latinoamericano, que publicó la Fundación César Manrique en 2006, muestra la amplitud de sus registros y su conocimiento experto del tejido artístico de ultramar.

Era el original afuera de Kevin, anudado a una sensibilidad afectuosa con los márgenes y lo desatendido, incompatible con la banalidad, la pereza y los estereotipos, como reflejaba su inteligente y creativo aprecio de los black mountain y los language poets, que tan a fondo conocía, en el marco de la poesía estadounidense del siglo XX, saber del que da cuenta su ya clásico ensayo Una poética activa, publicado por la Universidad Diego Portales de Chile. Más allá del catedrático de literatura norteamericana, más allá de cualquier academia burocrática, escasamente compatible con su carácter autónomo, alejado de facciones e intereses mezquinos, se imponía la figura sutil, sensible, de su finura intelectual y su entereza moral, de su robustísima independencia, exclusiva de quienes son poseedores de una mirada propia sobre la realidad, a la que terminan por iluminar.

Retirado en el silencio de los valles pasiegos en una cabaña cálida y altísima, recibía amigos y fomentaba conversaciones y reuniones gastronómicas que favorecían el intercambio de ideas sobre arte, con la literatura entrando a cada momento por la puerta. Y desde allí, con Mónica Carballas, impulsó dos colecciones singulares, kevinianas, acogidas bajo el mestizo sello (como casi todo en él) Pisueña Press: White Whine Press, dedicada a escritos de artistas y Conversaciones en la cabaña, en la que críticos y artistas hablan y disfrutan de su encuentro, una propuesta congruente con un perspicaz conversador, informado, mundano, original, sereno, capaz de sugerir, a cada momento, nuevas puertas para continuar buscando la salida del laberinto. Con su amigo Viggo Mortensen, promotor de Perceval Press en Estados Unidos, mantuvo también una activa colaboración editorial, atento a rescates y desvíos, alimentados por su intuición, su conocimiento del arte y la poesía y sus buenas relaciones con los artistas, cuyos estudios visitaba con frecuencia.

Hace apenas unas semanas, Kevin Power viajó a Canarias para impartir una conferencia en el CAAM. A las Islas le unían lazos sólidos: había sido profesor en La Laguna, donde su presencia, a finales de los años setenta y primeros ochenta, dejaría huella en el ambiente artístico; aquí formó su primera familia, con una compañera lanzaroteña; en Lanzarote vive su hijo; y, por invitación de la fundación que dirijo, comisarió una gran exposición del pintor bosnio Stipo Pranyko en 1999. Con la cultura de las Islas mantenía vínculos, valorando cada vez que tenía ocasión iniciativas que, a su juicio, no tenían ni la visibilidad ni el reconocimiento local que merecían por su calidad, como por ejemplo la encomiable tarea editorial del profesor de La Laguna Manuel Brito Marrero, formalizado en el sello de poesía Zasterle Press, cuya andadura se inició en 1989. Esa capacidad de mirar y reconocer fuera de las perspectivas y cauces convencionales sin límites de fronteras hizo de Kevin Power un crítico anómalo, capaz de escribir con una orientación y sensibilidad desacostumbradas en los ambientes artísticos, ajeno a cualquier pretensión, refractario a las jerarquías y los órdenes de la tribu. Estaba poseído por el secreto del nómada y en los últimos años escribía poesía con discreción, mientras se refugiaba temporalmente en sus cumbres del norte o viajaba por el mundo en busca de respiración visual, como un antílope tímido, jovial y solitario de ojos inmaculados. Lástima que, en España, tan incómoda siempre con la cultura desencajada y la versatilidad, no encontrara la escala justa de consideración que su altura merecía.

Fernando Gómez Aguilera es director de la Fundación César Manrique (Lanzarote)