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Leopoldo Barral – Por Luis Ortega

   

Cuando hilvano estas líneas, han transcurrido dos semanas del más grave de los accidentes ferroviarios ocurridos en España en las últimas décadas y sigue igual la bronca política, a la que no afecta la canícula, y su resaca que muda de color según el medio. Sin embargo, el suceso de Compostela fue un paréntesis de duelo y solidaridad entre el chaparrón de inmundicias y sospechas que, sin tregua ni previsible salida, oscurecen el retablo español en los últimos tiempos. La convulsión ante la magnitud del suceso, la coincidencia con las fiestas mayores de Galicia, las circunstancias que rodearon el descarrilamiento, a pocos minutos para llegar a su destino, sometidas ahora a investigaciones técnicas y a un procedimiento judicial, que se presume largo y complejo, y la procedencia variada de los fallecidos – de una docena de comunidades autónomas y varios países europeos y americanos – postergaron los debates y, también, las serias preocupaciones que, con alarmante persistencia y pese a habituales maniobras de cocina, el Centro de Investigaciones Sociológicas, nos sirve como amargos y estacionales desayunos. Culminado el duelo oficial, encausadas o rebeldes, las cuestiones aplazadas emergieron y la pena, que se expande y se diluye como una onda en un charco, se refugió en el arco cálido y seguro de las familias y amigos de las víctimas, que esperaron en vano para disfrutar de los fuegos del Apóstol en una víspera desgraciada. Ciertos tertulianos que, en todo momento y medio, ejercen de corifeos partidarios, coincidieron por esta vez en elogiar el comportamiento rápido, heroico y generoso de los vecinos de Angrois que, motu proprio, auxiliaron a los damnificados de una desgracia de proporciones desmesuradas; a su encomiable actuación, se unió un eficaz operativo integrados por las fuerzas de seguridad y personal sanitario y forense, que, en un breve lapso temporal, resolvió las numerosas exigencias. Nada puede atenuar lo ocurrido, pero consuela reconocer los valores de la comunidad a la que pertenecemos. Por cierto, el único canario fallecido – Santiago Leopoldo Barral Torres (1964-2013) -tenía orígenes gallegos y un largo historial artístico; gaitero reputado fue fundador de la banda madrileña O’Fattigayhags, especializada en folclore irlandés, aunque también trabajó en locales dedicados a la música popular en Asturias y Galicia, a donde regresaba para cumplir varias actuaciones concertadas y gozar de unas celebraciones abruptamente interrumpidas.