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Lorenzo, diácono – Por Luis Ortega

   

Por estas fechas, observar la lluvia de estrellas -las lágrimas de San Lorenzo- supone una compensación popular a los costes indirectos del Observatorio del Roque de los Muchachos, cuyas exigencias técnicas y legales oscurecen aún más las misteriosas noches de La Palma. Persiste entre los hermanos, el recuerdo infantil de las vacaciones en Velhoco y de la puntual contemplación de un puntual desfile de meteoros -unos cien por hora, a sesenta kilómetros por segundo y procedentes del cometa Swift-Tuttle- que la tradición vincula con el martirio de Lorenzo ocurrido en el año 358 (nacido en Huesca o en Valencia, según el origen del biógrafo), diácono en Roma y administrador, por encargo del papa Sixto, de los bienes de la Iglesia. Aunque se perdió la huella de sus hechos, su devoción le atribuye una extraordinaria elocuencia pastoral y una eficacia ejemplar en la gestión del patrimonio católico. Sufrió la persecución del emperador Valeriano, que se cobró la vida de dos pontífices, Esteban I y Sixto II, ambos decapitados, y de numerosos sacerdotes y fieles. Requerido por las autoridades romanas para que entregara las riquezas de la Iglesia, compareció con una multitud de pobres, ancianos, viudas y niños y los presentó como “los auténticos tesoros de Jesús”; esta acción le valió su condena a muerte, quemado en una hoguera y sobre una parrilla, símbolo con el que le representa la iconografía desde el Renacimiento. Según una antigua leyenda, San Lorenzo, junto a otras reliquias “vinculadas a la Vida, Pasión y Muerte del Nazareno”, confió el Santo Grial -el simbólico cáliz de la Última Cena- a unos creyentes españoles que lo trasladaron hasta la Península “para ponerlas a salvo de los herejes” y que, tras controvertidas, versiones, llegó a la Catedral de Valencia, donde recibe culto, solemnemente refrendado por Benedicto XVI que, en su último viaje a la capital del Turia, lo utilizó en una multitudinaria eucaristía. La relación de las Perseidas con el sufrimiento del joven mártir quedó más claro que una antigua creencia, superstición o superchería, con la que nos amenazaban a los chicos que contábamos las estrellas en caída. “Te saldrán tantas verrugas como estrellas fugaces cuentes”. Nadie hasta hoy me ha explicado el origen de esta milonga que, por cierto, está vigente en numerosos territorios de Europa y de la América hispana. En cualquier caso, esta noche otearé las luces mágicas que desploman, a veces con tanta frecuencia y abundancia que no dan tiempo a formular un deseo.