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Lucía Etxebarria – Por Domingo-Luis Hernández

   

Hay una historia que preside y sustancia al patético y déspota mundo de hoy: la facilidad y la venta de todos los valores. A eso alude el gran Antonio Tabucchi al analizar los medios de comunicación, en especial los televisivos: “información indiscriminada”, que pone todo al mismo nivel y se solaza con el espectáculo, de la guerra, del hambre, de la muerte, de la política o de la vida privada. Así pues, que una señora como doña Belén Esteban sea una ignorante sublime, no importa; importa que, con tales miramientos, la convirtieran en la “princesa del pueblo”, porque ese es el título que se le debe otorgar.

La representación en su cumbre y, con ella, la incuria no es incuria, el descrédito no es descrédito, la desvergüenza tampoco es desvergüenza ni la iniquidad.

Por eso la hazaña de doña Lucía Etxebarria es alucinante. La génesis de la literatura prueba dos cosas: una, que lo que crea el arte son alternativas, fijas en sí, suficientes en sí, en su rigor; dos, que si de algo se precia el arte (la literatura) es que tiene alma y que a esa alma la sustancia la ética. Eso se sabe desde hace miles de años. Ocurre que, con esta buena escritora, uno no sabe bien si ha elegido escribir con semejantes fundamentos u otra razones. Por lo apreciado, cabe aducir lo segundo, que la escritura no atiende tanto a tales requerimientos cuanto a lo que se puede obtener por ella: reconocimiento y dinero. Por eso distinguimos varias cosas en las espaldas de la dicha autora: una, 27 libros en 17 años, es decir, casi a dos por año; dos, premios meritorios, entre ellos el Planeta; y tres, las veces (varias) en las que se la ha acusado de plagio. Luego, esta señora mira el mundo y ve; ve que una sarta de feriantes ganan más en una semana por la impudicia y la aberración que ella por la venta de libros en tres años. Entonces… Se apunta. Y el apuntarse significa que o estás bien armada (como sentencia Mercedes Milá) o esos profesionales del descrédito te comerán por las patas arriba. Se la comieron, porque ese es el papel: desarmar pieza por pieza a una supuesta intelectual desde sus posiciones.

Ahora llora; la hemos visto llorar en televisión y periódicos de variada especie. Y uno no sabe si es más aberrante que se haya apuntado o que ahora llore por lo que le ocurrió. Sabemos que esa actitud cumple con el papel siniestro que este mundo impone. Así se lo habrá hecho saber su editorial, aparte de lo que el distribuidor les pidiera: salir en los medios, darse a conocer, primeras páginas.

Recuerdo, al respecto, a una famosa Viceconsejera que fue. Vino José Hierro a un encuentro poético en la Isla. Su enfisema pulmonar le jugó una mala pasada y hubo de ser internado en un hospital. La Viceconsejera en cuestión me repetía: “¡que se muera, que se muera!” El universo se hubiera puesto a sus pies. El muerto al hoyo y ella paladina de las virtudes del poeta muerto, de la descomunal pérdida y demás penas en el regazo.

El mismo asunto. Con un apéndice que la señora Etxebarria no calibró: la firma de un contrato y lo que sentencia el dicho contrato, que hasta que no expire ella se ha vendido, ella no se pertenece. Nada que oponer, pues. A la cadena de televisión en cuestión se le habrían abierto los cielos si (por ejemplo) hubiera fenecido en el intento. Unas cuantas semanas adicionales más de éxito. Porque la escritura redime a los seres humanos del tiempo; ese espectáculo no, sentencia la nada, la nada del uso (como los pañuelos) y la depravación.