X
nombre y apellido >

María del Pino León – Por Luis Ortega

   

No es frecuente, y suscribo una opinión ajena, que la literatura oficial revista condiciones de rigor sintáctico, riqueza morfológica, aseo y aliño; tampoco resulta común que las normas, que llegan tarde, como las mangas verdes muestren la claridad y oportunidad que las hace útiles y, sobre todo, deseables. Dentro de la paradoja que nos arrebató un ponderado liderazgo en las energías renovables y nos devolvió a la dependencia casi absoluta de los hidrocarburos, nos reconfortó una inteligente y bien redactada ordenanza, presentada por la consejería de Planificación Territorial del Cabildo tinerfeño, que regula las instalaciones eólicas y fotovoltaicas en la Isla. Sería conveniente y rentable que, en este país donde el “culo veo culo quiero” entra en el catálogo de los deportes autóctonos, la iniciativa se extendiera al marco territorial porque, desde el avance de propósitos hasta los criterios de uso del territorio, constituyen un meridiano ejemplo de sensatez, virtud que no abunda en nuestras encorsetadas instituciones y en la prolija e innecesaria legislación que, en la mayoría de las ocasiones y lejos de atender expresa y adecuadamente los hechos diferenciales, se limita a repetir los lugares comunes y obviedades de las leyes estatales. Los argumentos justifican la apuesta por las energías renovables tanto por su menor coste económico y sus garantías ambientales como por las posibilidades de lograr una plataforma de apoyo tecnológico para la vecina África y, en cuanto a las exigencias para los territorios donde se ubiquen los molinos eólicos, se plantean las siguientes razones de seguridad: que no tengan más de un 25% de pendiente, que los módulos mantengan una separación mínima de 10 metros, que las instalaciones no superen los veinte mil metros cuadrados y se encuentren a una distancia mínima de ciento veinte metros y máxima de un kilómetro de las carreteras. En cuanto a las exigencias estéticas, se plantea que los parques y las plantas extensivas de energía fotovoltaica ocupen lugares ocultos en los trayectos habituales y que no destaquen por sus valores naturales y turísticos; que todas las obras de infraestructura -desmontes, vías, cimentaciones- tengan carácter provisional y los espacios se devuelvan a su estado natural, con la repoblación de los especies endémicas del sector y se prohíbe radicalmente la utilización de asfaltos o cualquier otro material que detone con una inversión útil pero que no tiene porque ser fea y agresiva.