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Occidente y la primavera árabe – Por Francisco Muro de Iscar

   

Egipto está al borde de una guerra civil y la primavera árabe se disuelve como si solo hubiera sido un espejismo. Tal vez nos inventamos una esperanza. Hay todavía demasiadas dictaduras en ese mundo, demasiados poderes absolutos a cara descubierta, algunos disfrazados de supuestas democracias y otros ni siquiera con ese ligero disfraz. Y un indisimulado poder absoluto militar. Y no hay una apuesta real de Occidente por la democracia en ese mundo árabe, en el que, sin embargo, los que vivimos en libertad nos jugamos nuestra propia supervivencia.

La democracia occidental no atraviesa sus mejores momentos, tal vez porque hemos pervertido el sistema con los intereses partidistas, la corrupción, la falta de transparencia y el desinterés y la falta de compromiso de unos ciudadanos que, pese a la crisis, vivimos sobradamente bien en comparación con el resto del mundo donde los derechos humanos, la libertad o la dignidad de la persona humana son principios que no solo no se contemplan sino que se maltratan y se pisotean todos los días. Y Occidente mira hacia otro lado -¿Se acuerda alguien de lo que pasa en Siria?- y no defiende a los débiles y a los oprimidos porque su comercio con esos Gobiernos, sus negocios con esos dictadores le producen grandes beneficios. África, Asia, el mundo árabe deberían ser el gran objetivo democratizador de Occidente, como garantía de un futuro estable. Solo la prosperidad y la libertad en esos países garantizan el futuro del mundo libre occidental. Pero Occidente no se entera o no se quiere enterar y solo se atreve a llamar “a la calma”. El responsable de cultura de la embajada egipcia en España decía en Santander que “para que haya democracia en un país que nunca la ha ejercido, hay que pagar un precio y lo estamos pagando con sucesos como el que ha costado la vida a cientos de ciudadanos”. ¿Nos apresuramos a aplaudir sin reservas el estallido de una primavera árabe detrás de la cual tal vez no había un pueblo preparado para disfrutarla, pero sí intereses y sectarismos imposibles de conciliar, voluntades para no renunciar a ningún privilegio y grupos terroristas cuyo objetivo no es la democracia?

Hay que poner fin de inmediato a la violencia contra los ciudadanos, sea la del Ejército o la de cualquier grupo, hay que marcar límites y hay que favorecer el asentamiento de la democracia en Egipto y en todos los países árabes de forma inteligente y limpia. La primavera árabe, el grito de libertad de tantos ciudadanos, no puede quedarse en nada. O lo que es peor, no puede ser el principio de un gravísimo conflicto cuya primera consecuencia sea alejar de la libertad, de la democracia y de los derechos humanos a millones de ciudadanos que han nacido iguales a nosotros y que deberían poder vivir como nosotros. No hemos retrocedido solo treinta años, a los tiempos de Mubarak, tal vez hemos cerrado la puerta a la esperanza.