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De política, descrédito y regeneración – Por Fran Domínguez

   

El descrédito de la política no es, por supuesto, algo nuevo, que surge por generación espontánea, por ósmosis inversa o por arte de birlibirloque, pero está claro que se multiplica por cuatro o más en tiempos de crisis y se nutre vorazmente cuando afloran corruptelas y demás miserias como las que estamos padeciendo.

En España, el evidente hartazgo ciudadano ante un sistema que pide a gritos regenerarse -palabra tótem que algunos usan de boquilla tras repetirla como una letanía- se ha reflejado en movimientos como el 15M, que a pesar de que ha larvado la protesta del hastío en determinados ámbitos sociales -la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, por ejemplo- su pervivencia en el tiempo como cohesionador del descontento y catalizador de posibles cambios se ha diluido, precisamente, por no sustanciarse en la parcela política, terreno en el que hay que jugar guste o no guste. A su socaire, sin embargo, han eclosionado con incierta fortuna y futuro, pero con una filosofía reformista, pequeños movimientos alternativos.

El de Escaños en Blanco puede encuadrarse en esta categoría, aunque fue fundado como tal en Badalona, en junio de 2010, casi un año antes del 15M. Se trata de una formación política con el sello de diferente, presentada en sociedad en Canarias esta misma semana, que propugna, como pilar básico, el no perpetuarse en el poder y que pretende visualizar la vívida apatía y lógica desgana ciudadana dejando vacía la representación que pudieran obtener en las urnas en cualquier ámbito (municipal, regional o nacional), incluso abogando por la propia disolución una vez obtenido el objetivo.

Como los miembros que componen Escaños en Blanco comparto la apremiante e imperiosa necesidad de que existan mecanismos que promuevan una real participación de la ciudadanía en los asuntos de la cosa pública y también en que urge modificar el actual entramado electoral que discrimina, entre otros aspectos, a las pequeñas candidaturas, pero creo sinceramente que no hay que “huir” de la política, sino lo contrario, intervenir en ella como agentes activos, contribuir a dignificarla, dotándola de todas las garantías posibles, en una tarea que nos atañe a todos, a los representados y a los que nos representan.

Sobre la política y los políticos existe una miríada de frases para todos los gustos, colores, condiciones y estados de ánimo, pero de ellas me quedo con una de Paul Auster: “Para los que no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión”. Debe serlo y contribuir a perfeccionarla y sanearla nuestra obligación. No queda otra.