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LA PUNTA DEL VIENTO >

Ramón Fariña y Pedro Melián – Por Agustín M. González

   

Las vacaciones de este año me han dejado un desasosiego en el alma. El esperado período de descanso con la familia, la playa y las chancletas lo estropeó de repente el destino implacable. La muerte se llevó a dos buenos amigos y grandes personas a las que hoy quiero recordar en estas líneas. Ramón Fariña fue en su juventud una figura del fútbol tinerfeño y tuvo la valentía de ser de los primeros en emprender la aventura peninsular como profesional. Militó en el Badalona, en el Europa y en el Castellón. Yo le conocí recién retirado, gordito y resabiado, cuando regresó a su Orotava natal y se dedicó con entusiasmo a la labor de entrenador de infantiles. Con Ramón Fariña varias generaciones de jóvenes orotavenses tuvimos la suerte de aprender que el fútbol, además de un deporte hermoso, es un medio de educación, de formación de personas. Fue un maestro inolvidable, del balón y de la vida, entrañable, pasional y cascarrabias, que hizo de la Escuela de Fútbol San Isidro una gran academia abierta a chicos de toda condición, junto a sus inseparables camaradas Francisco Sánchez, Manolo Pérez, Juan Luis y Alejandro González, entre otros. Casi al mismo tiempo que Ramón, una soporífera noche de julio, se nos fue también Pedro Melián, el eterno hermano mayor de la portuense Hermandad del Gran Poder. Y por un capricho del destino, su entierro coincidió con la procesión de su venerado Viejito, que él siempre encabezaba con solemnidad y emoción. Pedro era la bondad personificada, la rectitud, la caballerosidad. Una vez me atreví a escribir un cuentito sobre el Gran Poder y se lo enseñé a él antes que a nadie. No le gustó; no pudo disimularlo, por mucho que lo intentó. Le causó un disgusto leer en mi relato que unos ladrones robaban la imagen del Gran Poder enrollada en una manta y lo metían en un furgón… “No te preocupes -le dije-; no pasa nada”. Y lo guardé en una gaveta como un cuento maldito. Nunca más lo he sacado por respeto a mi amigo Pedro, y para tranquilidad suya y de su querida Conchita. Se merecía eso y cualquier cosa que pidiera. Pedro y Ramón son de esas personas que no se pueden olvidar porque con su gran humanidad nos ayudaron a los que les conocimos a ser mejores seres humanos.