X
luces y sombras >

Un regalo – Por Pedro Murillo

   

Es un movimiento que lleva casi 20 años en las calles de Latinoamérica y que ahora se ha prodigado en las ciudades del Archipiélago. Bajo la denominación de Acción Poética, un grupo anónimo viste las paredes y muros con versos propios y ajenos. Así, mientras la urbe palpita en un vómito continuo de nervios y relojes, esas frases adquieren el estatus de tótem: nos esperan agazapadas acaso para ocultar alguna lágrima o someterse a la indiferencia. Son edecanes del verso, y me congratulo de encontrar en esos muros machacados por los jugos de la maquinaria tres frases o simplemente un pequeño caramelo literario a modo de monodosis que permanece y recupera la esperanza del beso o el desamor. Bajo el cielo, sin abrigo ni contento, los poetas salen a la calle a entregar regalos, ahora que todo se disuelve y los diarios gritan, a pleno en grito, que los jóvenes tienen el alma helada en pleno agosto; ahora que al parecer no somos nada sino un problema sangrante de guarismos y deudas, ahora que quizás salvando a uno nos redimamos todos, ahora que todo parece un simulacro de amanecer, encontramos esas frases, esa caricia de hormigón que te hace seguir tu rumbo instalado en la sonrisa o el pensamiento.

Algo similar hace Anoniman frente a la autopista TF- 5, a los pies del Valle de La Orotava con su aristocracia de grúas y tenderos de viña. Al borde de esa colina sobre un lienzo verde surge cada semana una frase de aliento o picardía como una suerte de mensaje mineral u ofrenda que nos ayude al sortilegio del viaje. Son frases de esperanza, de vida de lucha y redención. Encuentro que estas manifestaciones son, con mucho, un acto, perdonando la palabra devaluada, revolucionario. Es una cita con el texto, ahora que vivimos la textualidad de una forma frenética, casi epiléptica, se hace necesaria buscar la urgencia bajo los tranvías, las calles, las montañas.

Hay versos para cada uno de nosotros, ávidos de estados de ánimo. Para no volver a confundir el ser con el estar, versos grandes, kilométricos, textos minúsculos y casi ilegibles. Agradezco a estos poetas anónimos que no buscan el beneficio de la crítica sino a veces el baño de la indiferencia hasta que la final llega la complicidad de una mirada calma que antecede a la conversación. Gracias por el regalo de hacer los muros y mis días más llenos como están, día a día, de palabras. Por mi parte les ofrezco una sugerencia si la tinta y las ganas les alcanzan. Busquen un muro, el mas decrépito y triste que vean y ofrezcan esta frase eterna de Juan Gelman: “Si me dieran a elegir me quedaría con esta esperanza que come panes desesperados”. Un regalo que corresponde al suyo. Gracias.