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Alemania no va a salvarnos. Ni debe / No se culpe a nadie – Por Juan Manuel Bethencourt / Juan Cruz

   

Alemania no va a salvarnos. Ni debe

No sé ni cuántas veces, querido Juan, hemos pensado estar contemplando una de las encrucijadas de la Historia. Te pongo un ejemplo de máxima actualidad. Durante el último año hemos atendido a la cercanía de las elecciones generales en Alemania como esa especie de Rubicón llamado a virar definitivamente el rumbo de esta crisis económica que aqueja al Viejo Continente. Conteníamos la respiración porque Angela Merkel nos recetaba la austeridad -la mal llamada austeridad, deberíamos decir- en versión prusiana como purga para nuestros errores pretéritos, y lo hacía movida por el cálculo electoral, pendiente por tanto, y con toda lógica, del veredicto de sus votantes, que no son todos los ciudadanos europeos, sino exclusivamente los alemanes. Las elecciones son hoy domingo, Merkel va a ganar con claridad y surge de inmediato la pregunta: ¿va a cambiar algo tras la segunda reelección de la hija del pastor luterano criada en el mundo comunista? Nada en realidad. Podrá firmar pacto con los liberales o retomar la gran coalición con los socialdemócratas, pero Merkel va a seguir aplicando imperturbable una doctrina que pone el pragmatismo y el interés nacional por encima de cualquier otra consideración. No es emocionante, lo admito. Se ganará nuevas críticas a cargo de lo más granado de la intelectualidad germana, desde Jürgen Habermas a tu buen amigo Günter Grass. Pero seguirá su plan, pues la principal virtud de Merkel es precisamente su condición de gobernante previsible. Personalmente creo que nos ofrece una lección valiosa. No me gusta la idea de una Europa alemana. Recelo de una crisis en la que el desastre de unos es el beneficio de otros, cuestión aplicable a capas sociales y también a Estados enteros. Tampoco considero que Alemania tenga la obligación de salvarnos, de hacer la tarea por nosotros. Debe, eso sí, asumir sus propias responsabilidades. Fueron sus bancos los primeros que se apuntaron al casino financiero; hoy se hacen los locos.

No se culpe a nadie

Nos hundimos nosotros solos, Juan Manuel. Estuve ayer en Santiago de Compostela en una mesa en la que había muchos ciudadanos, casi todos gallegos, en los que se hablaba del hundimiento español como si fuera un desastre causado por una superestructura a la que culpar de todo. Seguro que el Gobierno (y los gobiernos, los autonómicos y el Gobierno europeo) tienen muchísima culpa. ¿Culpa alemana? Pues no, tienes razón. Para arreglar el asunto los ciudadanos, así como los que mandan desde los gobiernos, han de hacer un ejercicio cuya complejidad acaba de resolver el Papa, sin ir más lejos. Ese ejercicio parte de un título inolvidable del también inolvidable Julio Cortázar: No se culpe a nadie. Si seguimos culpando, y culpando a los otros, este país no saldrá del atolladero. Culpar es quitarse la culpa; este país es un país de acusicas, estamos viendo siempre la viga en el ojo ajeno y no vemos la madera en el nuestro. Ese árbol que nos nubla la vista no nos deja mirar nuestro propio bosque. Aceptamos la pequeña corrupción que tenemos al lado, alentamos el rumor maligno y la crítica desaforada, porque tiene que ver con otros. Nos soliviantamos cuando va en nuestra contra, y entonces actuamos como vírgenes ofendidas. El Papa ha dicho (y te lo dice un agnóstico) algo que me parece primordial: si no aceptamos nuestros defectos, o nuestros pecados, no sabremos ayudar a otros. Y tampoco sabremos ayudarnos a nosotros mismos. De modo que yo no espero nada de Alemania, ¿por qué habría de esperarlo? Espero mucho de ti, por ejemplo. De la gente que hay alrededor; espero, entre otras cosas, que dejemos de hablar como si nuestra opinión no estuviera contaminada de la culpa de hablar sin hacer.