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La amistad – Por Leopoldo Fernández

   

Tengo un viejo conocido que cada vez que nos vemos me recuerda el valor de la amistad, ese afecto noble y desinteresado que crece con el trato y se fortalece cuanto mayor es el sentimiento de proximidad entre dos personas. No se prestan los tiempos al afianzamiento de estas relaciones, unas veces por desconfianza, otras por exceso de individualismo y algunas más por diferencias irreconciliables de carácter y actitud ante la vida. La amistad presupone la existencia de conexiones personales, trato desinteresado y cariñoso, afectos compartidos y tantas otras manifestaciones que denotan cercanía, complicidad, entrega, adhesión. Claro que hay muchas clases de amistad. A las tres clásicas -por placer, por interés, por utilidad-, los sociólogos norteamericanos Liz Spencer y Ray Pahl añaden hasta hasta ocho tipos diferentes en su libro Reconsideración de la amistad, editado por la Universidad de Pricenton. Yo me refiero concretamente a esa amistad perfecta, singular, necesitada de tiempo para consolidarse, que Aristóteles circunscribe a las personas buenas e iguales en virtud de que quieren el bien el uno del otro. Estos días, con ocasión de unas cortas vacaciones en la Península, he tenido ocasión de comprobar el valor de esa amistad. Por una parte, me he reencontrado con viejos conocidos, a varios de los cuales a partir de ahora deberé tratar como verdaderos amigos, y por otra, he podido comprobar que la distancia, lejos de enfriar las relaciones personales, las fortalece, refuerza y alienta, por encima de individualismos y desconfianzas, más aún en la adversidad, que es cuando mejor se conoce a los amigos. Como dice Unamuno, cada nuevo amigo que ganamos en la carrera de la vida nos perfecciona y enriquece más aún por lo que de nosotros mismos nos descubre que por lo que de él mismo nos da. Es lo bueno que tiene la generosidad sin límites. Me gustaría pasar por la vida haciendo amigos -en realidad así lo he procurado, aunque no siempre he podido conseguirlo-, pero no es fácil vivir en sintonía con todo el mundo porque resulta inevitable toparse con amistades interesadas, indiscretas o fingidas que parecen una cosa pero en realidad son la contraria y sólo con el tiempo, en un lance ocasional, se quitan la careta de la apariencia y el disimulo. Sin embargo, cuando el afecto y hasta el amor se muestran en toda su plenitud -poco importa que sea entre iguales o entre diferentes, según sexo, clase social, cultura, puesto de trabajo o religión-, entonces sí cabe hablar de sinceridad, sintonía, conocimiento, confianza, lealtad. Y eso sí que es hermoso porque gratifica, llega al fondo del corazón y es fuente de placer y felicidad.