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LA ESQUINA >

La derrota como costumbre – Por Claudio Andrada Félix

   

Es una enfermedad como otra cualquiera y presenta una sintomatología propia. Al principio ni siquiera intuimos su devastador efecto sobre nuestra conciencia, pero está ahí, agazapada, pendiente de cobrarnos como trofeo. Su éxito radica, precisamente, en nuestro desinterés por ella, en la autojustificación como táctica y en el miedo como estrategia. Y sólo cuando está parasitariamente instalada en la mentira del día a día, una noche cualquiera resulta que no podemos dormir. Y en esa primera vigilia, cuando estamos a solas con nosotros mismos, mientras la casa está sumida en un reparador descanso, asoma su semblante la derrota. Con los mismos ojos grises que habíamos imaginado, sin ni siquiera cumplir con su oficio y mirarnos directamente, claro.

Y recordamos que hace días nos levantamos dispuestos a propiciar que las cosas cambiaran y echamos toda la ideología en el asador con la intención de convencer y convencernos de que es posible vivir de otra manera, seguramente más justa. Y salimos a la calle con las ideas como cimientos de todo cuanto hiciéramos ese día. Pero resulta que esa misma mañana el jefe nos tiene preparado una vuelta de tuerca en nuestras condiciones laborales. ¡Más vale estarse calladito! -pensamos-, que las ofertas de trabajo no abundan, y menos en estos tiempos que corren… Así que asentimos, de todas formas sólo es media hora más durante esta semana por lo del balance, o limpieza extra, o lo que sea,… Nos convencemos de que sólo se trata de algo pasajero, aunque en el fondo de nuestras convicciones sabemos que nos estamos traicionando…

Pero seguimos adelante. Nos subimos en la guagua y resulta que han vuelto a subir el precio del trayecto. Sólo son 20 céntimos, volvemos a convencernos, y el gusanillo interior hace acto de presencia en modo de punzada en el estómago…

En el trayecto a casa, leemos por encima del hombro de nuestro vecino de guagua el titular “La crisis se ceba con Canarias”. Y nos convencemos de que no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista. Pero no está la cosa para dichos ni redichos. Ya en casa, nuestra pareja nos advierte de que no llegamos no ya a fin de mes, ni siquiera al día 10. Y falta el material escolar de los niños…, que no, que no, que no se puede seguir así… Y miramos al pariente o la pariente con los ojos esos que nunca debimos aceptar. Las pequeñas concesiones de nuestros derechos nos han llevado a esta estrepitosa derrota. Pero también es cierto que solo nos queda hacer lo que siempre hicimos: batallar como lo hicieron nuestros abuelos, abuelas, padres y madres antes que nosotros. Ya nos lo dijeron: la vida no es fácil, pero por lo menos somos dueños de nuestra hambre y beneficiarios siempre de la esperanza.

claudioandrada1959@gmail.com