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POR QUÉ NO ME CALLO >

Jacky con botas – Por Carmelo Rivero

   

El cineasta Santiago Ríos no dio crédito al hallazgo, cuando encontró en una caja abandonada las botas intactas de la etapa beatle de su juventud, en vísperas del concierto de su hijo, Jacky, en homenaje al cuarteto de Liverpool. Jacky actuó el viernes con las botas negras y rutilantes de cuero. Cuatro décadas antes, su padre corrió con ellas delante de la policía en una manifestación. Otro amigo hizo lo propio con éxito, ágil como una gacela; Santiago, con el hándicap del calzado, oyó gritos a su espalda, “¡dispárale, dispárale!”, y sintió el impacto de las balas psicológicas, sin parar de correr. Los borceguíes familiares regresaron el viernes en los pies del cantante como si no hubiera pasado el tiempo desde la galopada del padre huyendo de la secreta: parecían nuevos. Santiago, con las crines de moda, no se dejó coger. Pero el amigo tuvo un mal presentimiento. En la velada de Jacky, la sala del Guimerá se descubrió ante su versión de un género imperecedero. “Dentro de cien años nos seguirán escuchando como a Beethoven”, predijo McCartney. Al contrario que el violinista Joshua Bell, que tocó en el metro de Washington con un Stradivarius y el público apresurado lo ignoró en el subterráneo, Jacky cuenta con un público seducido en la calle del Castillo y en las aceras de China, Australia o La Habana, con el esperanto de los sonidos ambulantes. En el concierto diálogo, los ponentes brindaron por las bodas de oro del primer disco del grupo legendario. Jacky se mostró indubitable: “No me entendería sin los Beatles”. Nicolás G. Lemus, autor del libro de la estancia de Paul, Ringo y George en Tenerife hace también 50 años, le dijo: “Enhorabuena”, admirado. César Cordero (Almas de goma) reiteró el elogio. Me atreví a sugerir, entonces, que cuando venga Paul le inviten a un concierto de Jacky. Con las botas, claro. La policía franquista nunca le dio alcance a su padre. Pero el amigo tropezó con los perseguidores al volver sobre sus pasos para comprobarlo. Lo recluyeron unos meses, lo sobaron con mili del Sáhara y, pese a todo, los recuerdos resultaron “maravillosos”, me dijo a las puertas del teatro, donde ambos acudían a escuchar a Jacky, que llevaba esas botas puestas.