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LUCES Y SOMBRAS > Pedro Murillo

Nana – Por Pedro Murillo

   

Quiero que te levantes de tu lecho marchito de bebés muertos, del lugar que compartes con un pequeño perro yerto, con los ojos azules de olvido. A nadie le importa tu rastro de muerte que se extiende hasta el infinito, en un mundo que no conoces y que tampoco conocerá tu hermano que yace absorto en las estrellas, a tu lado, con una camiseta desesperada levantada al cuello. No hay lugar en la tierra para tanto niño muerto, para tanta espada y sangre; no hay aire para tanta rabia y duelo. Quiero recuperar el agua de los ríos milenarios, por los que pasó Alejandro, pero no será suficiente para calmar tu sed que te agarrota los músculos y hace que tus pupilas se congelen en el abismo. ¿Qué voy hacer contigo mi niño?, ¿qué excusa te daremos al alba, cuando la muerte puta y cobarde venga por la tramontana? ¿Que estábamos ocupados con eventos celestes?, ¿con un barril de tuercas divagando por las arenas rojas de Marte? ¿Quién, entre todos, puede tener el valor de levantarse y explicarte el miedo y la angustia, mirándote a esos ojos que ya no son sino diamantes de un río que fluye hacia la vergüenza? Tu mano lívida agarra a la de tu madre aún por la distancia de un océano de azulejos. ¿Cómo hablarte ahora? Cómo decirte que, en realidad, eres todos los niños del planeta, nuestros hijos muertos y los que están por nacer en esta rueda demencial de linfa y maravilla. Cómo decirte que te quiero, aunque no te conozca, que bastó ese instante único, que no pude sacarte de mi pecho. Cómo consolarte, mi niño y aliviarte tu asfixia, refrescarte la piel ahora ardiente, con un fuego asesino e invisible. ¿Se acordarán de ti mañana, cuando los focos y luminarias caóticas y caprichosas se apaguen y prefieran a otros de tus hermanos con la barriga hinchada de injusticia? ¿Qué vamos hacer contigo mi niño, cuando el mundo ya no podrá ser igual porque antes de ti hay miles, millones de rostros que siguen preguntando a través de tus ojos ahora dilatados e hinchados. Yo desde aquí proclamo la vergüenza y nos maldigo a todos los que no están muertos en esos azuelos de esparto y sábanas. En este árbol podrido en el que no queda más humanidad que las manos de los niños, en esta lumbre tóxica donde la única brisa es la sonrisa quebrada de un niño muerto. ¿Cómo explicar que tu ropa sigue intacta, tus pantalones azul marino y una camisilla de donde cuelga una chupa con un cordón azul que yace esclerótica y absurda mientras tu pequeño pie, casi imperceptible, diminuto y humano, roza los cabellos de tu hermana que lanza la última bocanada de esperanza.. Me fallan las fuerzas y me rodea un espanto como un caballo inmenso inserto en un capitel de sombra. Hoy se han muerto todos nuestros hijos en ese pequeña aldea en que nació la civilización milenaria de la geometría, el alfabeto y el odio. Y ahora contaremos las horas para olvidar que es nuestra forma de sanarnos y no caer en la locura incómoda de las preguntas. Nos sentiremos culpables durante la publicidad y yo tendré mi lengua seca y me arderá la piel y sentiré espuma en la boca por el Sarín y, finalmente, haremos lo que mejor se nos da: sembrar más muerte en tu nombre. ¿Cómo voy a cantarte una nana?, ¿cómo puedo escribirla en este periódico sin sentir que te debemos la vida que nos devuelves en el espejo, en tu ternura pretérita?