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La pesadilla de los Juegos Olímpicos – Por Rafael Torres

   

En la selva de tópicos, vaciedades y lugares comunes que ha rodeado la frustrada candidatura de Madrid para organizar y acoger los Juegos Olímpicos (JJ.OO.) de 2020, destaca en las últimas horas la consigna de la reflexión.

Tenemos que reflexionar, repiten los que en este último intento han contribuido lo suyo a fundir los 100 millones de euros que nos ha costado llamar a la puerta del COI en los últimos años, y los miles de millones en equipamientos de dudosa utilidad por si sonaba la flauta algún día.

La reflexión, quién lo duda, es un ejercicio mental y moral maravilloso, pero lo mismo tenían que haber reflexionado antes, y no ahora, cuando el daño a las depauperadas arcas públicas ya está hecho.
Pese a la que la organización del movimiento petitorio, hoy capitaneada por Botella y ayer y anteayer por Gallardón, se inventó esta vez la marcianada de que el ¡91%! de los madrileños, o de los españoles, soñaba con los Juegos, lo cierto es que con lo que soñaban y sueñan es con algo real, tangible, sostenible, que les proporcione trabajo, vivienda, pensiones dignas, buenas sanidad y educación públicas, justicia recta y diligente, seguridad, crédito y, cómo no tratándose de una urbe, un mínimo de limpieza en las calles y de decoro en el trato que les dispensa la administración.

Mas como quiera que la mayoría había reflexionado antes de soñar, e incluso mirado a su alrededor antes de reflexionar, esto de los JJ.OO. en Madrid, tan sospechosa y recurrentemente solicitados siempre por los mismos, le ha venido sonando a esa mayoría a ganas de pillar, ora en comisiones, ora en obra pública sobrepreciada, ora en cualquier clase de negocio del que los madrileños no obtendrían, al cabo, sino las migajas.

No sé si el 91%, pero una buena parte de la gente, cuando menos de la que mira y reflexiona antes de soñar, ni estaba ni está por ese Eurovegas olímpico que, encima, hay que andar mendigando. Pretender que la superación de la brutal crisis económica a la que nos han conducido los últimos gobiernos, y particularmente el actual, dependa de unas justas deportivas a celebrar dentro de siete años, es tan ridículo, tan estremecedor, tan deprimente, que no se entiende que se le pueda llamar sueño a eso, sino pesadilla.