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Rápido, rápido, rápido – Por Jorge Bethencourt

   

Mastica. Tritura. Mueve los molares del cerebro para deglutirlo todo. Ya no hay tiempo para digerir. Hay que tragar vorazmente y almacenar la información en uno de los sacos para rumiarla después, cuando exista un momento de pausa. Los rostros de Felipe, de Suárez, de Tejero, de Guerra, de Fraga, del cojo Manteca… se han vuelto amarillos, desdibujados, como las hojas de viejos periódicos. Incluso Zapatero empieza a desvanecerse. Incluso Garzón. Ahí están, apilados, contra una esquina, con el Yak-42, los muertos de los Balcanes, las explosiones del 11-M, la foto de las Bermudas, la caída de las torres gemelas, el discurso de Obama, la boda del príncipe, el triunfo del mundial… un confuso amasijo de fechas y nombres y retazos de cosas que fueron estrellas fugaces y devoraste apresuradamente entre un telediario al siguiente.

El grifo abierto sigue echando borbotones de información que caen sobre las fauces abiertas de la mente. Los nombres surgen como relámpagos. Alaya, Más, Ruz, las Sorayas, Bermúdez, Guerrero, Fernández, Bárcenas, Corinna, Botswana… Nombres que parecen eternos pero que se desvanecerán con el brillo de nuevas explosiones y nuevos personajes. Sobre la pared de la caverna se mueven las sombras de Craxi, Tatcher, Bush, Mayor, Le Penn, Mitterrand, Gorbachov… como fantasmas que se pierden en una prehistoria de ayer mismo, en la noche de unos tiempos ocupados ahora por Sarkozy, Holland, Cameron, Merkel, Monti, Putin… Cómo se puede digerir todo esto. Cómo se puede encontrar un tiempo de reposo para masticar con calma y enlazar la cadena de las cosas y las causas que nos llevan por el río de la historia. Dicen los expertos que el exceso de información es tan pernicioso como su ausencia. Un hombre del renacimiento podía tener una idea cabal de su mundo. Podía comprenderlo y abarcarlo con los brazos de su mente. Hoy ni siquiera podemos entender cómo funcionan los móviles. Nos hemos convertidos en salvajes tecnológicos con una mente colmena. Estamos a un clic de encontrar cualquier información. Tenemos un cerebro 3G o 4G y acceso al mayor volumen de información del que nadie dispuso nunca antes. Pero Internet es una autopista en la que viajamos inmensamente solos. La red es un lugar donde se es muchos en estar solo. Una babilonia de gritos silenciosos vestidos de datos. Las redes sociales se han convertido en los libros de cabecera de una sociedad genuflexa que inclina la cabeza y los sesos ante el WhatsApp, el Line, el Twitter o el Facebook. ¿Qué hacíamos cuando nos mirábamos a la cara y hablábamos sin prisas? Ah. Sí. Vivir.

@JLBethencourt