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Revisión a la baja – Por César Martín

   

A cierta edad y con alguna que otra experiencia acumulada uno empieza a sacar conclusiones. Entre las que voy descubriendo está la máxima que reza que pasada la treintena empezamos a estar todos tronados. Alcanzada la madurez hay que empezar a ser consciente de las taras, imperfecciones y lacras que vienes arrastrando. Nada grave. Tampoco es necesario que salten las alarmas y corra al psiquiatra de guardia. No necesita usted Prozac, con un buen gin-tonic o sucedáneo se lo apaña para la crisis.

Sufridos y maniatados por nuestros miedos nos acercamos a los demás. Cada uno con su baulito de manías y viejas costumbres. Huyendo de nosotros mismos pretendemos que otros carguen con nuestras miserias. Aguantar las del que se arrima no entra dentro delas opciones, que bastante tiene cada cual con su lastre. Somos nuestro peor enemigo. La rabia acumulada nos vuelve insufribles, incapaces, incomprendidos, impacientes, inabarcables ¡gr…! Luego la obsesión nos arrastra y en bucle repetimos las mismas letanías. ¡Maldito vicio! Porque claro, es más fácil volver a insistir una y otra vez en lo mismo que enfrentarnos a cosas nuevas. Nos aterra pensar que la existencia pueda ser diferente. Al carajo con lo de ampliar la zona de confort, en la cueva se vive jodido pero al menos es mía. Ya bastantes palos da la vida, ¿no?
Todo no es negativo, también hay cosas positivas en nuestro haber, faltaría más.

Al menos uno conserva esencia de lo que le han regalado los años, pero sin perder conciencia del paquete completo. Cuesta tanto mirar adelante y salir del agujero… Sirva como última reflexión lo que le escuché a Manolo Viera, y como él suele apuntar, el que lo quiera coger que lo coja. “En una conversación entre dos personas una le dice a la otra: no se qué me pasa últimamente que no ligo nada, no me como un rosco. A lo que el otro le responde: prueba a afeitarte el bigote… Loli”.
@cesarmg78