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Símbolos y banderas – Por Luis del Val

   

Franco se apropió de la bandera de España, le puso un águila imperial, y la convirtió en propiedad suya. En la España de Franco, fuera de los edificios oficiales, en los únicos lugares en los que se veía la bandera era en la entrada de los estancos y en la entrada de los cuarteles. De aquella apropiación indebida se produjo una especie de reluctancia por un símbolo que no era del dictador, sino de todos los españoles, a la que se sumó el abuso de las organizaciones de extrema derecha en exhibir la bandera. Lo que en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en cualquier país, es un motivo de orgullo, aquí se convirtió en un signo de extrema derecha. Un camino inverso, pero del mismo signo totalitario, lleva ETA con la ikurriña.

El símbolo de ETA produce pavor, esa hacha a la que se enrosca una serpiente y que, durante muchos años, fue la pesadilla de los empresarios vascos, cuando recibían la carta firmada con ese símbolo de la extorsión, con objeto de que colaboraron con dinero contante y sonante para que los asesinos pudieran comprar armas y bombas para seguir matando. A algunos no nos ha pasado inadvertido la maniobra de cambio de imagen. Parece como si ETA quisiera borrar su pasado sangriento, y ha prescindido del hacha y la serpiente. A la salida de la cárcel de la asesina Inés del Río le esperaba, no el símbolo de su organización, sino una ikurriña. La ikurriña es la bandera de todos los vascos, incluidos los vascos que consideran que ETA es una banda de asesinos que ha destrozado a la sociedad, y ha obligado a marcharse de su tierra a un cuarto de millón de vascongados, que se negaron a vivir entre el miedo, la extorsión y las matanzas. Esta apropiación indebida de la bandera está debidamente calculada. No son los asesinos, los chantajistas, los secuestradores, los torturadores y los sicarios quienes se envuelven en ella, sino los valientes patriotas, formados con el ejemplo del valiente tiro en la nuca. Y puede que logren su objetivo, pero, a la vez, se va a producir un efecto de rechazo en el resto de España, y que cuando veamos ondear una ikurriña, no nos simbolice a las buenas gentes del País Vasco, sino a una banda de asesinos.