X
nombre y apellido>

Tomás Morales, SJ – Por Luis Ortega

   

Mi buen amigo Juan del Castillo, con quien comparto intereses y querencias por los asuntos sacros y culturales, me recuerda que se cumplieron 105 años del nacimiento de un sacerdote de ascendencia isleña, modelo de voluntad y entusiasmo que, en camino de superar las preceptivas exigencias, está a las puertas de los altares, 13 años después de la petición de canonización formulada por el Arzobispado de Madrid. Tomás Morales (1908-1994) vio la luz en la ciudad venezolana de Macuto, en el seno de una familia de emigrantes oriunda de la palmera Villa de Mazo. Menor de nueve hermanos, desde los seis años vivió en la capital de España y estudió en el Colegio de la Compañía de Jesús de Chamartín; presidió la Acción Católica Universitaria mientras cursó derecho y obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura en la Central (1930) y luego, el Víctor Manuel II por su doctorado en Bolonia. En 1932 ingresó en el noviciado belga de Chevetogne y fue ordenado en la década siguiente. A su regreso, dirigió ejercicios espirituales para estudiantes y trabajadores; fundó el Hogar del Empleado, que desplegó una intensa actividad en la organización de círculos de estudio, convivencias, atención de enfermos, construcción de residencias y formación de cooperativas. En 1956 creó la Cruzada de Santa María, formada por seglares que, sin abandonar sus obligaciones civiles, consagraron su entrega total a la fe; poco después y bajo la autoridad diocesana, se formaron los primeros sacerdotes vinculados al instituto secular que, en 1960, abrió la sección femenina. Ese mismo año el padre Morales dirigió el ICAI-ICADE y, posteriormente, en distintos destinos, dedicó atención especial a la juventud, al impulso de misiones en América, al estudio, redacción y edición de libros -desde Forja de hombres y Laicos en marcha, lanzados en 1966 y 1967 respectivamente, hasta Semblanzas de testigos de Cristo para los nuevos tiempos, presentado un año antes de su muerte- y la dirección espiritual de colectivos relacionados con sus fundaciones, cuyas constituciones -escritas en la década de los 70- fueron aprobadas por Juan Pablo II entre 1985 y 1989. Hasta el final de sus días mantuvo su ritmo de trabajo y exigencia y falleció, aquejado de neumonía en el hospital jesuita de Alcalá de Henares. Desde su posición de fe, justificada y razonable, dejó una docena de libros directos y pragmáticos, destinados a la conversión y edificación personal de los laicos y el recuerdo de su inteligencia y voluntad sin fisuras, de su cordialidad y amor al diálogo, de su vasta cultura y su compromiso social entre los que fueron sus fieles discípulos y sus numerosos seguidores.