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Amparo Rivelles – Por Luis Ortega

   

Tan grande y pequeño, este oficio aporta, como compensaciones a las miserias cotidianas, momentos estelares que llegan por azar y se fijan en el fondo de nuestra memoria (lo que los informáticos llaman disco duro) y que, por extraños mecanismos y al hilo de cualquier noticia, nos devuelven nítidas emociones con toda la intensidad con la que las percibimos y vivimos por vez primera. La muerte de María Amparo Rivelles y Ladrón de Guevara (1925-2013) me traslada a las bambalinas del Teatro Español para recordar con absoluto arrobamiento una magistral interpretación de La Celestina, dirigida por Adolfo Marsillach. Corría el año 88 y, entonces como ahora, se hablaba de la crisis del teatro; sin embargo, en las carteleras madrileñas y de provincias, las piezas elegantes de Jacinto Benavente, López Rubio, Alejandro Casona, se alternaban con el mejor Jardiel Poncela y Mihura, y estrenaban, con buenos modos, Moncada y un Gala menos redicho; se traducían y recreaban a Oscar Wilde, Jean Giraudoux, Cocteau y Jean-Paul Sartre y, avalados por una política cultural sin complejos, nos servían una cuota decente de los clásicos del Siglo de Oro. De vuelta de América Latina, donde se exilió de modo voluntario durante dos décadas, tanto por razones ideológicas como por la mediocridad rampante que todo lo pringaba, la Rivelles fue un suceso glorioso para la escena española y para los espectadores bisoños nos abrió el abanico de su carrera espléndida. Entre 1940 (Mary Juana, de Armando Vidal) y 1999 (El olor de las manzanas, de Juan Cruz) protagonizó más de medio centenar de películas, con nombres históricos como Florián Rey, Orduña, Marquina, Iquino, Rafael Gil, Klimovsky, Luis Lucia; taquilleros como Masó y Pedro Olea, y con un mayor bagaje intelectual como José Luis García Sánchez, Josefina Molina, José Sacristán y Giménez-Rico, entre otros. Su relación con la televisión fue más satisfactoria para los espectadores -que recuerdan sus memorables papeles en La Regenta, la adaptación de Leopoldo Alas Clarín, y Los gozos y las sombras, de Torrente Ballester- que para ella misma, que se cansó de “las repeticiones y del recurso fácil del vídeo”. En 1986, con la Academia del Cine en los premios ejercicios de autobombo, obtuvo el Goya a la mejor actriz y la Universidad de Valencia, pese a sus escasas vinculaciones con esta comunidad, la distinguió con el Doctorado Honoris Causa, el primero concedido a un personaje de la farándula.