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Así hacen todos – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

En este país -y no solo en Canarias- los políticos apoyan la cultura en la medida en que pueden manipularla y ponerla al servicio de sus intereses. Y esta triste verdad alcanza límites inauditos en el caso de ciertos nacionalismos y de ciertos políticos nacionalistas, cuya razón de ser estriba en la mitificación del pasado y la instrumentalización del presente. En demasiadas ocasiones, la pregunta que los dirigentes políticos y los responsables culturales se hacen respecto a la cultura no es “¿cómo puedo ayudarla o impulsarla?”, sino “¿para qué me sirve?”. Y los ciudadanos que, desde la sociedad civil, buscan ayuda para organizar y fomentar actividades culturales lo constatan habitualmente en su deambular por antesalas y despachos, entre desaires, negativas y promesas incumplidas. Porque no hay nada que asuste más a un político que un grupo de gente decidida a pensar -y a divulgar lo que piensa-, decidida a hacer cultura y a divulgarla entre el público, lejos de los pesebres y sin ataduras políticas.

Un buen ejemplo de ese férreo control político y esa manipulación política cultural lo constituye la música denominada clásica en Tenerife. La Orquesta Sinfónica depende del Cabildo, y ya esos conciertos multitudinarios al aire libre, en La Laguna, con motivo de las Fiestas del Cristo, y en el puerto de Santa Cruz, en Navidad, con su asistencia masiva de políticos invitados, en sus zonas reservadas y separadas del público llano, por supuesto, con un apoyo institucional masivo y una cobertura informativa pública, nos ponen en la pista de esa dependencia política. Muchos políticos a los que nunca esperaríamos ver en un concierto sinfónico acuden puntualmente a estos dos y se muestran ostensiblemente en ellos, igual que en los más destacados del Festival de Música de Canarias, gratis naturalmente.

Otra pista importante nos la proporciona el nombre elegido para ese disparate económico y arquitectónico que es el Auditorio de Tenerife. No fue el nombre de un músico o un artista tinerfeño de cualquier disciplina, como parecía lógico y obligado, sino el de Adán Martín, un político lamentablemente fallecido. En su caso, además, se da la circunstancia de que su obra al frente del Ejecutivo canario ha sido negada y cuidadosamente desmontada por sus sucesores, de su propia formación política.

Pero la prueba concluyente de esta política musical reside en la situación de la ópera en la Isla. Las temporadas de ópera que se celebran en diversas ciudades españolas -y no españolas- están organizadas por asociaciones o fundaciones privadas y por teatros gestionados autónomamente, que se financian con aportaciones también privadas y, claro está, subvenciones públicas. Es la sociedad civil, que respira al margen de las servidumbres políticas. De esta forma se organizan prestigiosas temporadas, como las de Bilbao, Las Palmas y otras más, por no citar las extranjeras. La música, y todo el arte, para ser auténticos necesitan ser libres. Aquí teníamos una asociación equivalente, la ATAO, víctima de desgraciadas circunstancias internas, que ha sido laminada por el Cabildo y el Gobierno de Canarias. Así, desde el poder se ha creado Ópera de Tenerife, una iniciativa pública que organiza representaciones de ópera, además de un taller -Ópera Estudio- y un coro; actividades que se financian con subvenciones que se niegan a la iniciativa privada. En definitiva, una organización pública con patrocinadores y colaboradores privados, al revés de lo que sería deseable y existe en todo el mundo.

Hace días se ofrecieron cuatro representaciones de Así hacen todas, la ópera mozartiana cuyo argumento, siempre en clave cómica amable y desenfadada, desmiente su título descalificador para las mujeres, y muestra a unos hombres también infieles. Un número de representaciones pretencioso y superior a la demanda, que dejó el Auditorio vacío a medias. Pues bien, hemos de reconocer que, en cuanto a la puesta en escena, la discutible iniciativa operística tinerfeña estuvo a la altura de cualquier otra, es decir, siguió las pésimas pautas que se han adoptado en todas partes y fue igual de mala. Con la apoyatura de falsos e infundados argumentos sociológicos, se cambió arbitrariamente la época, con lo cual el texto que se cantaba, que, por fortuna, los directores de escena no pueden modificar, no tenía nada que ver con lo que sucedía en el escenario ni con los decorados. Y después, todo se resolvió en un continuo ir y venir. Los personajes se agarraban y se empujaban continuamente, rodaban por el suelo, se pegaban, porque estos directores no conciben que las emociones se puedan expresar de una forma menos pedestre. El erotismo se manifestaba burdamente en una cama y en los intensos manoseos que los personajes masculinos propinaban a los femeninos. Como tributo al signo de los tiempos, en los abrazos entre personajes del mismo sexo se insinuaba una latente homosexualidad. Y entre tanta absurda agitación, en las arias y recitativos se perdía la musicalidad, el fraseo y la elegancia que Mozart requiere.

Los políticos culturales tinerfeños pueden estar tranquilos: hoy en día así hacen todos los directores de escena y así hacen todos los políticos.