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Bernardo Sánchez – Por Luis Ortega

   

Internet es una ventana franca a los amigos alejados porque nos enseña qué hacen, y como decía Perales, a qué dedican el tiempo libre; a su vez, ellos también tienen fichados nuestros afanes y ocios. Culto, inquieto, buena gente y sin la mala follá, que atribuye el ácido tópico a los naturales de Granada, un colega con el que compartí tareas de verano en televisión, me comenta las esquinas del Decano sobre el Corredera y el verdugo López Sierra; recuerda que, en una noche de flamenco y vinos en el Sacromonte, conocimos por azar a un tipo gordo y redicho, con abrigo de paño y cuello de piel de zorro al que, con más o menos ganas, todos saludaban, “porque, a lo peor, un día podían ser sus clientes”. Recitaba enfático rimas de Becquer como propias mientras algunos adulones lo felicitaban por su autoría y, animado por las copas gratuitas, varias veces se lanzó al tablao a mover, con mucho cuento y poca gracia, su pesada anatomía. Alguien dijo que era “Bernardo Sánchez Bascuñana, ejecutor de sentencias” y que, ni de broma, le llamáramos verdugo; sin embargo, participó de buen grado en el documental de Martín Patino sobre la tétrica profesión. Escaneados con la carta llegaron dos reportajes de El Ideal; publicado en 1972, el primero refería la muerte del sujeto, a causa de una cirrosis; natural de la periferia de Sevilla, alistado en la Guardia Civil luchó en el bando sublevado y, desde 1949, “prestó sus servicios a la Audiencia Territorial”; el reportero describía su presunción, gramática parda y ocurrencias, sus frases hechas -“Yo soy la justicia que traspasa a los reos a la eternidad”- y su afición a las fiestas y la bebida “sin coste para su bolsillo”; incluía en un recuadro el fúnebre inventario de actuaciones, iniciado con María Domínguez, de Huelva, y concluido en octubre de 1959 con Juan García, en la prisión de Barranco Seco de Gran Canaria. Un dato más para la historia. Del verano de 2010, el segundo reportaje aborda una leyenda urbana de la ciudad de los dos ríos: la puntual aparición de una tenebrosa figura masculina con capa española y sombrero de ala ancha que deambula por los salones de la Chancillería -actual Palacio de Justicia- donde aún se conserva, en estado de revista, el garrote vil; unos paisanos la relacionan con Lorenzo Huertas -“maestro Lorenzo” o “el cortacabezas”- que cumplió “sus negros cometidos” a finales del XIX; y otros no se recatan en hablar del fantasma de Bascuñana, todos apoyados en un hecho contrastado: los dos acudían “cubiertos de capa y tocados de sombrero, que era la gala del pueblo, a lo que ambos llamaron hacer justicia”.