X
la última (columna) > Jorge Bethencourt

Los divos del IVA – Por Jorge Bethencourt

   

La sociedad, la interacción entre unos individuos y otros para la satisfacción de sus intereses, es una obra de creación humana. Desde la colaboración de los primeros cazadores, que unían esfuerzos para capturar presas más grandes o más difíciles, hasta los más bellos edificios, todo es fruto de la asociación, de la suma de esfuerzos y talentos.

Habitualmente se identifica la democracia con los antiguos griegos. Pero hay muchas diferencias entre nuestros sistemas de derechos y libertades y los códigos sociales y políticos de las ciudades estado más importantes de Grecia. Nadie está excluido de la ciudadanía y disfruta -bueno, al menos el teoría- de los mismos derechos y deberes.

Lo que parece haber pervivido desde esa antigüedad mitificada es el concepto de élite. Algunos grandes hombres de un pasado no tan remoto pensaban que los votos no podían tener el mismo valor. En los recién nacidos Estados Unidos de Norteamérica, los esclavos contaban como un cuarto de persona, a la hora de determinar el número de representantes de los estados en las cámaras legislativas. Las mujeres no votaban. En la Inglaterra del XVII la capacidad de votar y ser elegido estaba ligada a la posesión de cierto patrimonio.

En España, en la de hoy, parece que los derechos y deberes están vinculados a las élites. Hay rigor con los contribuyentes de medio pelo y laxitud con las grandes bancas y poderes económicos. Es el Estado conveniente: fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Ahora hay élites que claman contra el IVA a la Cultura porque consideran que se grava el talento y se empobrece el progreso intelectual de la sociedad.

Esta nueva sofocracia presenta síntomas de una grave distorsión mental. Un zapato, un coche, una bebida o una chaqueta no sólo son productos de consumo, sino obras de la creación humana y de su talento. Exactamente igual que toda la economía. Exactamente igual que un poema o una película. La industria de la cultura -por cierto, también subvencionada- tiene tanto valor como la química o la farmacéutica (excepto que tengas un serio dolor, en el que probablemente elegirás un calmante antes que un tomo de los Episodios Nacionales). Defender la exención de impuestos a unas creaciones humanas “elevadas” y sostener la presión fiscal sobre otras actividades “más bajas” es de un sectarismo que se descalifica solo. No hay como tocar el bolsillo para que se esfume ese demócrata que todos llevamos dentro.

@JLBethencourt