X
análisis>

El espía que siempre existió – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Desde el principio de los tiempos el ser humano ha utilizado el espionaje como mejor arma para obtener ventajas ante sus semejantes, vecinos y adversarios. En los libros sobre el tema pueden leerse referencias históricas y apasionantes comportamientos, en tiempos de paz como de guerra, que denotan la enorme importancia que siempre se ha otorgado a la labor de observación y vigilancia sobre cualquier país, así como al seguimiento de las actividades de empresas y personas que manejan información sensible o que participan de decisiones de singular importancia. En esta tarea de inteligencia han tomado parte gentes de toda condición que, a base de perseverancia, ingenio, valor y medios, lograron anticipar el conocimiento de asuntos considerados secreto de Estado o altamente confidenciales con los que obtener superioridad e influencia sobre los poderes políticos y económicos. La literatura, el cine y la televisión se han encargado de divulgar este mundo excitante del espionaje, ligado no pocas veces a conflictos bélicos de distinto nivel, a tiempos de la guerra fría y del llamado equilibrio del terror entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética, a situaciones embarazosas en las fluctuantes relaciones entre Oriente y Occidente o a la dura competencia del tiempo presente.

Con la caída del muro de Berlín y de la URSS, la llegada de China al primer plano del protagonismo económico y los atentados del 11-S, 11-M y posteriores, el espionaje masivo ha alcanzado su época dorada. Los países, en especial los más poderosos, dedican ingentes cantidades de dinero para vigilar, observar y detectar desde movimientos financieros y avances tecnológicos hasta venta de armas, firma de acuerdos, actividades de las grandes compañías, comportamiento de personajes públicos… Todos espían a todos, incluso a los países aliados y amigos, y todos tratan de obtener prelación en un mundo enormemente competitivo en el que un adelanto científico, una patente tecnológica, un nuevo mineral o un simple chip de última generación puede cambiar los equilibrios de poder.

La hipocresía y el cinismo en unas prácticas comúnmente consentidas en la escena internacional llega al grado de aceptar la acreditación, formando parte del personal de embajada, de teóricos diplomáticos que, algunos verdaderos indeseables cuando no delincuentes especializados, se sabe que van a dedicar sus esfuerzos al espionaje en su más amplia acepción. Son tantos los intereses que se mueven en torno a este mundo de los espías que hasta los más acérrimos enemigos a veces se unen para emprender operaciones conjuntas de interés común o para intercambiar información sensible de utilidad compartida. El terrorismo islamista, singularmente el unido a Al Qaeda, ha facilitado una cooperación hace años impensable con vistas a contener el avance del fanatismo religioso tanto en Occidente y Rusia como aquí cerca, en el Sahel, al sur del Sahara, y en la propia China, que esta misma semana sufrió un atentado terrorista de ese carácter en la mitificada plaza pequinesa de Tiananmen.

El caso de España
Todo lo que viene conociéndose durante los últimos meses sobre las actividades de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) norteamericana gracias a las filtraciones de Edward Snowden, el que fuera destacado analista de la CIA y hoy protegido de Putin, así como mediante WikiLeaks, Julien Assange o el soldado Brasley Manning, no es más que la punta del iceberg de las actividades inconfesables del país más poderoso de la tierra. Hasta el teléfono de la canciller Merkel, como se ha dicho, ha sido infiltrado por las poderosísimas armas tecnológicas del Tío Sam. Otros tratan de hacer lo mismo, o mlo hacen si pueden, aunque no trasciende a la opinión pública.

Dentro del mundo satelital, las posibilidades de intervenir conversaciones son prácticamente ilimitadas, al menos por parte de EE. UU. Como referencia, baste decir que España, una potencia de tipo medio, dispone de dos satélites (Helios 2A y Helios 2B) con capacidad para acciones de grabación y vigilancia, y de otros dos de aplicación militar (Xtar-Eur y Spainsat), con especial dedicación a la observación del noroeste africano, que pueden localizar, grabar y hasta desencriptar conversaciones telefónicas. Además, España cuenta desde 2005 con el sistema llamado SITEL, una estructura integrada de detección de telecomunicaciones y comunicaciones electrónicas situada en Canillas (Madrid) y con tres grandes servidores centrales que es utilizada por el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), la policía y la guardia civil. Este sistema, adquirido por Aznar y puesto en servicio por Zapatero, permite grabar, con muy alta calidad, todo tipo de conversaciones de teléfonos fijos o móviles, captar el tráfico de mensajes, correos electrónicos y faxes, así como la navegación que se efectúa por Internet e incluso localizar y situar la ubicación de cada uno de los comunicantes. También disponen las autoridades españolas de un Centro de Estudios de Propagación Radioeléctrica con sede en manzanares El Real (Madrid), capaz también de interceptar todo el tráfico telefónico del país. A través de SITEL han sido localizados algunos comandos terroristas islamistas y de ETA, parte de la trama Gurtel y buen número de narcotraficantes, en varios casos, con la colaboración norteamericana.

Incógnitas sin resolver
Si un país como España dispone de tan importantes infraestructuras de detección de comunicaciones -SITEL puede grabar simultáneamente el tráfico de todos los teléfonos españoles en un momento determinado-, cabe imaginar la magnitud y alta sofisticación de los medios al alcance de particulares y de departamentos oficiales de países como China, Rusia y Estados Unidos, para uso de sus agencias de seguridad. Una de las herramientas espía de máximo valor es la llamada red Echelon que tras la última gran guerra constituyeron cinco países de habla inglesa -EE. UU., Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda- y que mediante satélites y una red de seguimiento en tierra es capaz de detectar hasta 3.000 millones de comunicaciones diarias de todo tipo. Esta red, para la que se dice trabajan 350.000 personas en todo el mundo, depende de la NSA estadounidense y dispone de un programa complementario llamado Prism, que se ocupa de seguir el tráfico que circula por Internet, para lo que suele interferir los servidores de grandes compañías como Microsoft, Google, Facebook, Twiter, Google y otras.

¿Cómo compaginaren estas condiciones la libertad y la seguridad con la preservación de la privacidad y la intimidad personal? ¿Sería posible poner en vigor unas leyes que, comunes para todos, garanticen el secreto de las comunicaciones particulares? ¿Sirve para algo que en España un artículo del Código Penal -el 197, si no me falla la memoria- nos proteja contra la intromisión ilegítima en nuestra intimidad cuando se sabe que algunas grabaciones telefónicas, legales o no, han sido utilizadas con fines espúreos? ¿O cuándo circulan en algunos ambientes metadatos -horarios y fecha de llamadas o comunicaciones, identidad y ubicación de los comunicantes, etc.- que determinan suficientemente las pautas de comportamiento y las relaciones de distintas personas aunque no se ofrezca el contenido de sus charlas o mensajes? ¿Por qué han de archivarse todas las grabaciones cuando tan solo suelen analizarse un 3 o 4% de las mismas? ¿Por qué se siguen pinchando impunemente los cables submarinos, sobre todo por parte anglosajona, y se penetra en cuentas bancarias privadas si no existen pruebas de delito, mediante la red Swift de transacciones financieras para la cualquier operación resulta sospechosa? ¿Cómo hablar en España del secreto de las comunicaciones cuando se dice que uno de cada 40 o 50 teléfonos puede estar intervenido con o sin autorización legal? ¿Cómo defenderse no ya del Gran Hermano y del conchabeo entre servicios de espionaje, sino del vecino, que puede acceder a tu wifi, a tus mensajes, a tu red inalámbrica y a todas tus comunicaciones a poco que sepa de informática cuando, además, en el mercado libre o en la misma red se venden aplicaciones para facilitar las cosas o en otro caso puede comprar los artículos que necesite en la tienda del espía? ¿Es este el clima de confianza que necesitamos los ciudadanos?