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Hasta siempre, comandante – Por David Sanz

   

Eran tiempos difíciles, peores incluso que los de ahora, pero estábamos acostumbrados a las estrecheces y nos conformábamos con lo poco que había al alcance. Las familias realizaban auténticos sacrificios para que alguno de sus hijos pudiera realizar estudios superiores y no se dedicara a contribuir a la economía doméstica en cuanto reuniera las condiciones físicas para levantar bloques o manejar los rudimentos necesarios para emplearse en cualquier oficina o taller. Tiempos en los que hasta soñar costaba caro. Pero los límites existen para romperlos y, en ese contexto, un muchacho de Barranco Grande, en Tenerife, hijo de un albañil, Cristóbal, y una ama de casa, María Isabel, no se contentó con lo que el destino le tenía preparado a la mayoría de sus amigos y vecinos del barrio. Quería volar. Una ilusión prohibitiva a todas luces para una familia trabajadora canaria en la década de los setenta. Pero el coraje de los suyos, la fe en sus capacidades y su vocación inquebrantable hicieron que pudiera cumplir su deseo. Y así, tras largas temporadas estudiando en Inglaterra y Estados Unidos, y muchas fatigas económicas, se convirtió en piloto de aviones. El comandante Jorge Orihuela Sanz hizo la mayor parte de su carrera en Binter, donde llegó a ser uno de los pilotos más veteranos. Alguien que conoce el mundo de la aeronáutica me dijo de él una vez: “Tu primo tiene buenas manos”.

No podía ser de otra manera, estaban hechas para volar. Una pasión que contagió al mayor de sus hijos, Adonai Orihuela Brownbill, que quiso continuar la brillante carrera de su padre. Era un muchacho joven, fuerte, con ganas de comerse el mundo y de aspecto británico, herencia de su madre. Cuentan que, pese a su juventud, era un piloto diestro en el manejo de la nave. Pero un terrible accidente se llevó por delante los sueños de Adonai, que trabajaba en una compañía como instructor de vuelo, junto con el de las otras dos personas que volaban con él esa maldita noche en Gran Canaria. El silencio, el dolor y la incomprensión se mezclan y baten en el alma en estos días grises. Miras al cielo, el lugar natural de Adonai y su padre, y las nubes cubren el firmamento sin columbrar una respuesta. Una pasión, el ansia de libertad de quienes sienten el deseo de surcar esos caminos que solo pisan las alas. Vivir, en definitiva. Como nos enseñó Adonai con sus ganas de volar. Hasta siempre, comandante.