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La hija emancipable – Por Francisco Pomares

   

El pasado viernes, el diario ABC adelantó en primicia la carta de Paulino Rivero a Rajoy, esa carta que el portavoz del Gobierno de Canarias aseguró que no se daría a conocer a la opinión pública por “lealtad y educación”, dado que se trataba de una carta privada. Alguien se ha portado, pues, de una forma desleal y maleducada en lo que a la carta de Rajoy se refiere, porque la dirigida al rey, que dirá más o menos lo mismo, pero sin las morcillas políticas añadidas por Rivero a una redacción impecable, esa no se va a filtrar, supone uno. Nos conformaremos pues con esta: una carta escrita para ser publicada, y en la que Rivero explica la historia de nuestros vínculos con el Estado en base a un acuerdo tácito de lealtad con España, como resultado de que España se ocupe de atender nuestras necesidades. Para ser una declaración de un político nacionalista, se trata del enunciado menos nacionalista que uno ha escuchado en su vida, pero es que el nacionalismo canario es muy singular, no tiene que ver con la percepción de que Canarias sea capaz de bastarse a sí misma, sino justo con la contraria. Rivero y con él la práctica totalidad de Coalición Canaria, profesan desde 1983 un nacionalismo sui géneris basado en la interpretación de que Canarias se merece ser tratada por el estado paternal como si fuera la hija menos favorecida de una numerosa familia. A cambio, Canarias se comporta siempre como una buena hija, a lo mejor un poco respondona, pero con buen corazón y respeto filial, una hija que hace siempre su tarea, cumple con el déficit, no se enfada demasiado, y solo de vez en cuando le da por algún capricho exótico como el de oponerse a las prospecciones petroleras y cosas así que no cuestionan la relación con papá-Estado, sino con los malvados administradores actuales del peculio familiar. Con esos o similares argumentos, Coalición ha construido en veinte años un discurso político muy convincente, bastante cercano a una idiosincrasia local que ya ha interiorizado que la lejanía y la fragmentación territorial deben ser compensadas, a pesar de que sea una suerte vivir aquí. Lo que ocurre es que -como discurso- el curioso nacionalismo apaciguado de Coalición tiene sus flecos inconsistentes, y -en la práctica- requiere de una constante negociación con el Estado y los gobiernos que lo administran. Una negociación que, desde la existencia del que se ha dado en llamar “moderno nacionalismo” -por llamarlo de alguna manera- nunca había sido tan tensa y poco constructiva como ahora. Por eso Rivero advierte a Rajoy, con mucha lealtad y educación, eso sí, de que la hija se siente maltratada y olvidada. No lo dice, pero el discurso subyacente es que ante esa situación, a algunos hijos les da por emanciparse.