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Manolo Escobar – Por Luis Ortega

   

Apenas transcurrió un año de su retirada de los escenarios y no pudo recoger la Medalla de Oro al Trabajo concedida por la Generalitat de Cataluña, como justo premio a un charnego que inició su carrera en la periferia de Barcelona y en los cafés del Barrio Chino y que se une a la otorgada por el gobierno estatal. Quinto de los diez hijos de Antonio García y María del Carmen Escobar, campesinos de Almería que, en la Ciudad Condal, trabajaron en la hostelería; cinco hermanos varones se dedicaron a la música popular, con tonadas andaluzas y coplas y, durante una década, animaron bodas, bautizos y verbenas populares en los enclaves obreros.

Manolo Escobar (1931-2013) logró su espaldarazo en el teatro Duque de Rivas de Córdoba; había cumplido treinta años y todas sus angustias pasadas en busca del pan diario pasaron al recuerdo. Una gira por toda España, teatros llenos y centenares de seguidores en los aeropuertos y estaciones ferroviarias para recibir y despedir a un ídolo sencillo y cordial, “madera de pueblo”, como decía, y al número uno en la venta de discos. En aquellos sesenta de emigración al norte de Europa y de tímido y publicitado desarrollismo, eran imprescindibles los referentes con denominación de origen y, frente a la importación imparable del pop, se opuso el made in Spain, con apoyos de instituciones y sindicatos de actividades diversas y copleras y grupos puntuales que, junto al cantante almeriense, están en el imaginario español del último trecho del siglo pasado. Avalado por su fama entró en el cine, con títulos y argumentos coyunturales que servían como pretexto para su estilo sencillo y simpatía que subordinaban sus cualidades artísticas. La luna y el toro (el disco más vendido durante dos décadas), El porompompero (el himno cañí por excelencia) Y viva España (un tema del compositor belga Leo Caerts, obligatorio en todos sus recitales) por mentar sólo tres hitos, perviven en la memoria sentimental de un país, desfigurado para bien y para mal, de aquel que le convirtió en icono y le siguió hasta sus últimas actuaciones; subsiste también su imagen de culé recalcitrante y, en paralelo, de español apasionado que enardeció a las masas en la celebración del último Mundial de Fútbol. Fue, según sus amigos y compañeros, una persona cordial y cariñosa que, durante medio siglo, sembró admiración. En una de sus facetas menos conocidas -la de coleccionista de arte- doy fe de sus profundos conocimientos y de un increíble olfato para, según afirmaba, “comprar barato y bien”. Muy bien, aseguro tras conocer lo más destacado de su pinacoteca.