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Por arte de magia – Por Arun Chulani

   

Esa noche, Tim comenzó su actuación con la mirada fija en su sombrero. En él, escondido en la esquina más oscura de la superficie redonda, me encontraba yo, el famoso Ron. Su compañero de espectáculos. Y digo escondido porque, a pesar de aparecer sonriente por la chistera, odiaba seguir siendo el conejillo de Indias del truco. Me sentía objeto de usar y tirar de un cruel mago sin escrúpulos, sin amor a la magia ni a su oficio. El mago Tim tenía más de negocio que de fantasía, y su propio nombre lo indicaba. Aunque lo usara acortado, Tim no era más que una forma bonita de apodar al timador: Timotheo. “Dinero, lo que más quiero” como lema. Pero yo no podía más con sus gritos, sus ataques gratuitos: no quería ser parte de la pantomima de aquella noche. Yo sí que amo este trabajo. Ser el centro de atención cada noche en la sala ocho del Teatro DB: tremendo subidón de adrenalina. El problema no era el público, evidentemente. El problema era otro, con guantes blancos y manos ásperas. Con malas palabras, gestos… y sin zanahorias para mí. Yo no quería terminar como terminó el anterior conejo de Tim. Pobre Jack. Se llamaba Jack, y terminó asfixiado. Del agobio, de lo mucho que apretaban sus orejas. Un día no soportó la presión y, al girar el sombrero, cayó al suelo como un peso muerto. Su última actuación en el escenario dejó como recuerdo un duro sonido. Plof. Un simple plof. Pero los conejos están infravalorados en el mundo de Timotheo, al igual que la magia. Optó por escoger a otro. A mí, al antes sin nombre y hoy, famoso Ron. Maldito el lugar y el momento en el que decidió tirar de mis orejas y engatusarme con zanahorias. Maldita la hora. Pero fue esa noche cuando me liberé. Decidí darle la vuelta al truco y ser yo el que mandase. Tim enseñó mis orejas, pero no mostré mis bigotes. En su lugar, decidí mostrarle el lugar que me ofrecía: su sombrero. Tiré fuerte de él, lo arrastré y entró conmigo. Encogió. Salí yo, el gran Ron, por mis propias patas, y cerré el espectáculo. Magnífico. Espléndido. “El mejor espectáculo de Tim y Ron”, gritaban. Pedían otra actuación, pero no pudo ser. Timotheo había desaparecido, como si el sombrero se lo hubiera tragado. Como por arte de magia…

@arunchulani