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La Roja – Por Juan Carlos Acosta

   

No hay muchas ocasiones en las que pueda verse a una gran parte de España preocupada por lo que ocurre en África y máxime por ese único país que habla nuestro idioma, Guinea Ecuatorial. He asistido voluntariamente desde todo lo lejos que he podido a las manifestaciones que se han producido con motivo del partido amistoso que jugó nuestra selección de fútbol, la Roja, con la escuadra representativa de nuestra única exposesión subsahariana. Reconozco que me propuse no inmutarme con los pronunciamientos, los muchos artículos, algunos realmente exacerbados, y las reacciones de la calle ante un acontecimiento que tenía lugar a miles de kilómetros en algún punto de un continente que no interesa a casi nadie desde Gibraltar hasta los Pirineos. Es más, sería interesante que alguien realizara una encuesta en nuestras comunidades con cuestiones relativas a esa nación negra que vivió en tribus bantú, prácticamente en la selva, hasta hace apenas 70 años, repartidas en cinco grandes etnias, los fang, bubis, fernandinos, bisios y endowes; que perteneció a Portugal, y fue territorio de razias europeas para capturar a miles de esclavos con que engrandecer las empolvadas economías blancas. Me pregunto cuántos consultados sabrían que la antigua Fernando Poo era, antes de las correrías portuguesas, británicas, holandesas o españolas, una región paradisíaca fuera de las rutas de los descubridores. Pero tuvo que ser el deporte rey el que lograra que nuestra ciudadanía, a veces tan carpetovetónica, levantara los ojos de su ombligo mesetario, aunque con el gesto torcido, para mirar hacia una parte de nuestra historia olvidada. Esa discusión tan racional sobre si era ético o no que nuestro laureado equipo de muchachos millonarios que corren detrás de un balón pisaran la cueva del dictador Teodoro Obiang dio un respiro, al menos por unos días, a nuestro tedioso teatrillo politiquero. La caverna infame fue a la postre un campo de fútbol levantado en la ex Santa Isabel, hoy en día Malabo; los contrincantes, unos cuantos gorilas pagados por los Nguema, y el público, un áspero aforo zoológico vestido para la ocasión con ropas y gorras manufacturadas quizás en China. Claro que nuestros chicos salieron cohibidos por el estigma de ser compinches del innombrable y ganaron con apuros seguramente en uno de los partidos más desconcertantes de sus carreras. Fue triste asistir a un espectáculo que nunca estuvo en el terreno de juego, sino en la diatriba que identifica a un clan con todo ese pueblo que ha sido castigado una y otra vez con el desdén de nuestra superioridad moral y humana. Soy de los que piensa que al guante de hierro se le vence con la razón, no con la fuerza, si bien lo importante para nuestras vitrinas al final es que les ganamos al fútbol, aunque volviéramos una vez más de allí vacíos.

@Juan_Carlos_Acosta