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Luces y sombras>

Si Westerdahl despertase… – Por Pedro Murillo

   

Llega un momento en toda herida en el que el dolor se acaba convirtiendo en fiel acompañante y remite a fuerza de costumbre. Algo similar ocurre con el asombro y la indignación. A estas alturas del cuento me declaro incompetente para soportar una micra más de asombro cuando presencio los debates vacuos y acciones tan estériles como enviar una carta al jefe del estado y a Mariano Rajoy para advertirles de que estamos a punto de declararnos independentistas dada nuestra evidente desafección a la metrópoli. Huelga decir que ese divorcio se basa en una desconfianza generalizada hacia la clase política incluidos los nacionalistas canarios. Para aumentar esa sensación de vértigo, el presidente, sin sonrojarse lo más mínimo, declara que la cultura cultural en Canarias genera 22.000 puestos de trabajo y que supone el 1% del PIB. Empiezo a sospechar que Rivero como Rajoy viven en un universo paralelo que el resto de los ciudadanos desconocemos. Si hay algo de lo carecemos es de una industria cultural y no se nos reconoce en foros internacionales, precisamente, por nuestras aportaciones artísticas fomentadas por las administraciones canarias. Los artistas, al igual que miles de jóvenes investigadores, han tenido que exiliarse a Berlín, París o Barcelona para intentar, entre trabajo basura y contratos esclavistas, poder desarrollar su obra. Si el concepto de cultura son las galas y folletines de la Radio Televisión Autonómica o las verbenas (Guillermo García Dixit) son el baremo para establecer nuestro éxito vamos apañados. Pero lo conjuramos con los mitos culturales que nos hacen vivir de un pasado, que como todo lo pretérito es distorsionado. Cuando André Bretón llegó a Tenerife en la década de los años 30, gran parte de los canarios era analfabeto y se preguntaban quiénes eran esos gabachos tan remilgados con sus corbatas negras fumando compulsivamente Gitanes. Ese pasado dorado, fue un hito importante pero testimonial que bien podría la televisión autonómica recordar de vez en cuando con alguna producción documental. No, la cultura en Canarias es testimonial y los jóvenes artistas con talento que aún no han emigrado de este desierto sudan sangre para poder exponer en Europa debido a los aranceles y los impuestos que hacen que enviar una obra de La Palma a Madrid cueste más que hacerlo a París. Ante esta situación, muchos optan por el acto clandestino e inevitable de enrollar sus telas y viajar por barco hasta la Península para evitar el inasumible sablazo. Los que no se arriesgan les queda exponer en las ferias de arte joven que proliferan como setas en los municipios canarios, entre grupos de baile, fotografías antiguas y cultura naif, que en ese otro universo paralelo al parecer sustenta 22.000 puestos de trabajo.