El dÃa que no se me revuelvan las tripas ante ciertas prácticas periodÃsticas será el momento de comenzar a pensar que esta profesión no merece la pena. Tras varios años lidiando con informaciones relacionadas con la dura realidad cotidiana de sucesos, accidentes y desastres, me niego a no seguir pensando en las vÃctimas, sus familias y en cómo contar los hechos sin causar mayor dolor a las personas afectadas. Premisa ésta que subrayo cuando estamos ante un posible caso de suicidio.
Como norma no escrita, aceptada entre la profesión periodÃstica desde hace décadas, no se suele informar sobre casos de suicidio. Lamentablemente ese principio ético y profesional, que la mayorÃa tenemos claro, ya no es suficiente para algunos. Y no se trata de que este argumento se recoja en estudios especÃficos y recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde el año 2000; o de que sea la principal conclusión de foros internacionales y estatales; o que lo incluyan en todos sus códigos deontológicos las organizaciones profesionales de periodistas; es que es una cuestión de pura humanidad. Los que piratean y bordean cÃnicamente esta norma se olvidan de conceptos como la doble victimización o de todos los estudios que certifican que publicitar suicidios, sin que sea una causa directa, provoca un aumento estadÃstico, más que corroborado, de las tentativas de autolisis. Y que aún cuando se decidiera informar sobre suicidios deben evitarse los detalles truculentos, la descripción del método usado, las fotografÃas de los afectados y las especulaciones sobre causas o datos sobre la vida privada de la vÃctima que no aportan nada, bueno si, morbosidad.