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Tengo una carta para ti – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Paulino Rivero ha dirigido una carta a Mariano Rajoy y al rey; más exactamente una carta abierta, lo cual quiere decir que su contenido trasciende a sus destinatarios y se difunde a la opinión pública. Es más, a través de los medios, el público la conoce incluso antes que aquellos destinatarios, y eso es, precisamente, lo que pretende su autor. En definitiva, como toda carta abierta, la carta de Rivero contiene una denuncia y una amenaza, al tiempo que una justificación del remitente. Y todo ello con carácter público. Lo cual resulta insólito e inapropiado: no parece que en una democracia digna de ese nombre -seria- las cartas abiertas sean una modalidad correcta o adecuada de comunicación entre autoridades, y menos entre un presidente de Gobierno autonómico y las máximas autoridades del Estado, a las que se les falta al respeto con su utilización. Las cartas abiertas corresponden al ámbito de las denuncias y las amenazas, que es un ámbito ajeno a la comunicación institucional democrática. Y con la suya lo único que consigue el presidente del Gobierno canario es rebajarse y rebajar su posición institucional y política, arrastrando en esa minusvaloración al pueblo y la sociedad que tiene la obligación de representar con mayor dignidad. Con un solo Artur Mas es suficiente.

El problema de la carta de Rivero se incrementa porque su contenido es un conjunto de juicios de valor y opiniones, de los que decir que son sesgados, partidistas y sin fundamento alguno es lo menos que se puede decir. No debe olvidar el presidente canario que tiene la representación institucional y jurídica de las Islas, pero que preside un Gobierno de coalición de perdedores. En otras palabras, representa institucional y jurídicamente a Canarias, pero no representa ni social ni políticamente a la ciudadanía isleña. Su candidatura y la de su partido no obtuvieron la mayoría de los votos en las últimas elecciones; y, por si fuera poco, un sector importante de su propio partido está radicalmente en su contra y se opone a su intención declarada de repetir como candidato. En el mejor de los casos, lo que dice en su carta será compartido por una minoría de canarios, lo cual no le legitima para decir lo que dice en nombre de todos.

La totalidad de los nacionalismos practican la misma falacia, la sinécdoque política de tomar la parte por el todo, y erigirse en únicos representantes sociales y políticos de sus colectividades, e intérpretes únicos de sus deseos, aspiraciones y necesidades. El núcleo irreductible de la ideología nacionalista es la imposibilidad de definirse como no sea por la vía de la negación y del miedo al otro. El nacionalismo es una ideología especular, una ideología de espejo, que para existir precisa un enemigo exterior en el que mirarse y al que combatir. Al mismo tiempo, como decimos, el nacionalismo se asienta en una sinécdoque política que toma la parte por el todo. De modo que su razón de ser es afirmarse no en cuanto una ideología más entre otras, sino como la única ideología que representa a todo su pueblo y defiende sus auténticos intereses contra sus enemigos. Un partido nacionalista sin enemigo exterior al que combatir; un partido nacionalista que reconociera que el supuesto maltrato exterior simplemente no existe, que es un partido más entre otros y que los intereses que defiende son intereses partidistas igual que los de cualquier otro partido, estaría abocado a la desaparición. Los nacionalistas también inventan y tergiversan la historia. Ese es el fundamento del supuesto pacto institucional que, según Rivero, existe entre Canarias y España desde los tiempos de la conquista. Un pacto imposible porque, para empezar, en esos tiempos todavía no existía España como tal, sino sus diversas Coronas, y Canarias carecía de unidad institucional, jurídica y política. Las Islas se conquistan antes que Granada, o simultáneamente, por ejemplo, y todas ellas contribuyen a la formación de España al igual que los territorios peninsulares. Sin ir más lejos, Navarra se une al proyecto común años después que el Archipiélago. Y habría que recordarle al presidente canario que Canarias ha adquirido su personalidad jurídico política por primera vez en su historia gracias a la actual Constitución; y que gracias a ella los canarios tenemos nuestro Parlamento también por primera vez en la historia, y él mismo tiene el cargo que tiene, que no existiría sin la Constitución. Y ese es el verdadero pacto, un pacto democrático y constitucional, y no el pacto predemocrático y feudal o señorial que él inventa.

Respecto a la desafección y al separatismo con los que amenaza, únicamente existen en su imaginación y en la de un conjunto de grupúsculos cuantitativamente irrelevantes, cuya indigencia conceptual y teórica, política y económica, produce vergüenza ajena. Entre otras cosas, porque para república bananera ya tenemos bastante con lo que hay. Y porque si alguien con un mínimo de criterio y sentido común se acercara de buena fe al independentismo canario, se alejaría espantado por esa indigencia intelectual. En resumen, sería deseable que el Gobierno canario se pusiera a trabajar para resolver nuestros graves problemas y dejara de echar la culpa de su ineficacia a los otros.