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Valencia era el modelo – Por Juan Manuel Bethencourt

   

La estruendosa decisión del Gobierno de la Comunidad Valenciana, que acaba de anunciar el cierre fulminante de su canal televisivo público, es un exponente claro de hasta qué punto las reformas, apresuradas y mal hechas, pergeñadas por motivos de distinta naturaleza, terminan volviéndose contra quien las promovió. El año pasado España necesitaba una reforma laboral “extremadamente agresiva”, en palabras del ministro de Economía, Luis de Guindos. Pero la necesitaba no en función de las necesidades de un mercado de trabajo alicaído por la crisis económica -y no al revés-, sino por las exigencias de una troika comunitaria que exigía recortes en todos los frentes. Se confunden causas y consecuencias y al final salen las cosas como salen. La nueva legislación laboral, lejos de reducir la litigiosidad en el orden social, ha disparado el número de pleitos basados en la nulidad (o no) de expedientes de regulación de empleo, como el acaecido en al canal autonómico valenciano. Ahora el presidente Fabra, acorralado por el varapalo judicial y sus astronómicas consecuencias, recurre al cierre como medida de presión para dividir a la plantilla de la cadena, entre aquellos que fueron despedidos (y quieren recuperar el puesto de trabajo) y los que siguen en nómina (y rezan para quedarse como están). También opta por el populismo barato, afirmando que mejor cerrar Canal 9 que un colegio. Pues sí, president, y mejor es construir un colegio que un aeropuerto sin aviones, mucho mejor adecentar un hospital que organizar la Copa del América o celebrar por todo lo alto un ruinoso gran premio de Fórmula Uno, o patrocinar una visita del Papa con pingües beneficios para los amigos de Gürtel. El esperpento del canal valenciano, con su plantilla sobredimensionada por decisión del propio Ejecutivo del PP, demuestra que, como dejó escrito Nadine Gordimer, “no existen torres de marfil que puedan sostener el acoso de la oleada interminable de la realidad”. La realidad se le ha aparecido al Gobierno de la Comunidad Valenciana para decirle que todo su tinglado, el que fue señalado como modelo de gestión audaz y eficiente en toda España, y publicitado a los cuatro vientos -unos vientos carísimos, por cierto- porque parecía de Francisco Camps iba derechito no al escarnio público, sino a la Moncloa, se viene abajo sin remedio. Primero fueron las cajas de ahorros, luego los asuntos de corrupción y ahora la digestión imposible de tantas decisiones caprichosas o simplemente basadas en la egolatría incontenible de unos cuantos gobernantes. Hoy nadie se atrevería a sugerir siquiera que Valencia es un modelo aceptable de buen gobierno autonómico. Pero hasta hace apenas unos años lo fue y con estruendo. ¿Habremos aprendido algo de todo esto?

@JMBethencourt