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Velada – Por Alfonso González Jerez

   

Aaah… ¿Conoció usted a Alfonso Reyes? Disculpe, es que yo lo admiro mucho…

-Sí, cómo no, no lo traté, yo era entonces una niña, pero le conocí, era bajito, gordito, le gustaba mucho el guacamole y los dulces y siempre tenía líos, no sabía resistirse a la tentación de las jovencitas nunca, como con los dulces, pero su esposa lo perdonaba, él era el gran Alfonso Reyes, claro, y le perdonaba las amantes…

-¿Perdón?

-Sí, un gran escritor, bueno, Carlos Fuentes siempre estaba a su lado, si Reyes necesitaba cualquier cosa, un taxi, una máquina de escribir, una compañía para una conferencia, ahí esta Fuentes no más, en los tiempos en los que le dejaba libres las mujeres y el politiqueo, porque Fuentes fue aficionado a las mujeres y al politiqueo desde jovencito, el cachanchán de mujeres y de izquierdas, Fuentes quería el éxito siempre, el éxito a toda costa, y por eso no pudo resistirse a ser embajador de Luis Echavarría en París, Fuentes de embajador en París, el sueño de su vida, gran escritor también, pero sus últimas novelas me aburren, ay, sus últimas novelas, pero gran escritor, ¿no?, aunque nunca consiguió ese estatus, porque, claro, estaba Octavio Paz…

-Octavio Paz era el gran mandarín…

-El mandarín y la mandarina, Octavio Paz quería todos los premios, todos los reconocimientos, todas las medallas y los pergaminos, lo quería todo, sabe, y le voy a contar algo, después del Nobel, no antes, sino después, una pequeña ciudad mexicana creó un premio literario, nada, poquita cosa, pero con ambición nacional, y Octavio, újole, se preocupó por llamar, llamar y volver a llamar, no lo hizo él, claro, sino la gente de su círculo, la de su revista, y tanto insistió que, por supuesto, terminaron dándoselo, un premio de cuatro pesos que no sé si se molestó en recoger, creo que no, pero sin duda un gran escritor, ha significado mucho en la cultura mexicana, pero un gran escritor, sin duda, no había manera de que a nadie se le olvidase, ya lo recordaba él y Televisa por prensa, radio y televisión…

Elena Poniatowska se levantó con grácil lentitud de la mesa, saludó cortésmente a todos y se marchó al hotel. El otro interlocutor se me quedó mirando.

-¿Nos marchamos?

-En un ratito -le dije-. Cuando el camarero retire los cadáveres…