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Carmina del Arco – Por Luis Ortega

   

Como alivio a sus carencias, las islas tienen la humana dimensión que nos permite saber de los amigos y conocidos (dónde, cómo están, qué hacen) y el tamaño justo para que, forzados por los trajines propios, no coincidamos personalmente para darnos constancias y novedades novedades o novedades. A través del papel y los soportes digitales, la paisana Carmen del Arco Aguilar, catedrática de Prehistoria de La Laguna, nos regaló una noticia que, felizmente, nos libera, al menos de momento, del coñazo sempiterno de la crisis y alienta, ahora con pruebas, la idea de centralidad que el archipiélago tuvo en el pasado, tanto en la era clásica como en la de la vela, y que, frente a reduccionismos interesados, forma parte sustantiva de nuestra identidad. El hallazgo de un yacimiento romano en la Isla de Lobos -una factoría para la obtención de la púrpura, colorante natural que procede de la Stramonita haemastoma, thais, o carnadilla, en el habla popular- es un hito capital para la arqueología insular. Frente al interesado debate sobre las ánforas romanas descubiertas en aguas canarias desde los años sesenta del pasado siglo -las primeras en las islas orientales y, con posterioridad, en Gran Canaria y Tenerife, donde se halló el mayor número de estos recipientes- en esta ocasión el yacimiento – uyas dimensiones están aún por determinar- está aparentemente intacto y, junto a miles de conchas del popular molusco, contiene fragmentos cerámicos que revelan un ajuar variado tanto para fines industriales, la extracción y conservación de las substancias que procuraban el preciado tinte, como para usos domésticos de los oficiales que trabajaron en este asentamiento que, cuando menos, tuvo carácter temporal. El equipo dirigido por Carmina del Arco ha previsto un programa de tres años, que cuenta con el patrocinio de los cabildos majorero y tinerfeño, al término de los cuales -no tengo la menor duda- tendremos una sólida evidencia del conocimiento y la utilización por el imperio romano de nuestro islario, un espacio discontinuo pero privilegiado en un área desértica. Esperamos que las miserias del periodo, que se han cebado contra derechos fundamentales -sanidad, educación, dependencias- no recorten aún más el chocolate del loro, el dinero de la cultura -parcela raquítica en todas las épocas- y aseguren la continuidad del programa y, para evitar lamentos futuros, aseguren la vigilancia continua del recinto que, por obra y gracia de la prestigiosa arqueóloga, da un extraordinario rango histórico a la impar Isla de Lobos.