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El día después – Por Rafael Muñoz Abad

   

De qué me sirve a mi votar si apenas tengo para comer y vivo como un andrajoso…”, me decía un trabajador negro en Ciudad de El Cabo allá por el año 2003. El día después del derrumbe del apartheid, cientos de negros se daban cita para bañarse en la Golden Mile de Durban. Chapuzón de revancha moral en una playa -en otra época- destinada exclusivamente a los blancos. De igual manera, y en base a que muchos no sabían nadar, el número de ahogados fue de récord. El año cero tras la muerte de Mandela ha comenzado pero nada ha cambiado y la brecha social promete ir a mayor. El retrovisor temporal nos revela que si bien su efigie vertebró aquel movimiento patriótico que evitó una guerra civil entre afrikáners y africanos, su inercia irá perdiendo fuerza a la par que Sudáfrica, gradualmente se descose por un desgarre racial insalvable. La nueva era mantiene las estructuras consuetudinarias del viejo régimen segregacionista y ya no hay de por medio un Mandela con un mundial de rugby que hermane la nación. Bajo apenas dos décadas de democracia, la esperanza reside en que la madurez generacional haya cristalizado. ¿Revivirán las viejas aspiraciones separatistas de una república bóer? El neoapartehid se sintetiza en que el poder económico sigue siendo blanco; los matrimonios mixtos son una jerigonza de muy mal gusto; y dando la espalda a lo que se cuece en el Township, del que hace apenas dos días salieron, la pujante clase media negra gusta de vestir modales blancos. Concesionario BMW en Soweto. El afrikáner critica la discriminación positiva; la cultura del braai se institucionaliza; ¿y Jacob Zuma? El presidente es una vergüenza para todos los sudafricanos. Un Sancho Panza con ínfulas de líder salpicado por escándalos sexuales que, limitado por una separación de poderes y una constitución vanguardista, (aún) no puede hacer lo que le venga en gana y convertirse en otro Mugabe. Sudáfrica es un sumatorio de problemas. Un país de contradicciones; un crisol cultural que ejemplariza la tolerancia, pero también es una bomba de relojería social que, de momento y gracias a cierta bonanza y crecimiento económico, es viable el día después de haber quedado huérfana.

Rafael Muñoz Abad del CENTRO DE ESTUDIOS AFRICANOS DE LA ULL
cuadernosdeafrica@gmail.com