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En busca de la inspiración – Por Juan Manuel Bethencourt

   

Entre las múltiples lecturas derivadas de la muerte de Nelson Mandela, seguramente la personalidad más importante del siglo XX, no son pocas aquellas que apuntan a la necesidad de hallar en el discurso y obra del gran líder sudafricano la inspiración que necesitamos a la hora de nuestro acontecer diario. Esto es así en cualquier actividad humana y por supuesto también en la política. Mandela fue un hombre acostumbrado a esperar mucho sobre todo de sí mismo, en un ejercicio de inteligencia realmente excepcional. Su talento natural, una férrea educación de clan, los estudios posteriores y la experiencia del cautiverio durante 27 años de convivencia con el enemigo (y estudio del mismo) trajeron como resultado una demostración de generosidad que además vino a ser un ejemplo de pragmatismo, pues una Sudáfrica revanchista hubiera colapsado sin remedio en pocos años. Ahora se habla de inspiración, de entender y aplicar su legado. Pero lo afirman dirigentes políticos de los cinco continentes absolutamente acostumbrados a la praxis contraria, al regate corto en el frente doméstico, a la ausencia de visión en los grandes temas de interés común, a la metralla y la mezquindad como menú para cada desayuno. Mírese si no la situación del Viejo Continente, sumido en el estupor tras las afirmaciones recientes de tipos como Cameron y Hollande, nuevos adalides de la xenofobia creciente, y todo por miedo a perder un puñado de votos que, de todas formas, se les irán. Resulta irónico que hablemos de Jacob Zuma, actual presidente de Sudáfrica y candidato a la reelección por el partido de Mandela, el Congreso Nacional Africano, como un sucesor absolutamente inapropiado. Por supuesto que lo es, pues no hay a la vista gigantes comparables con el icono recién fallecido. No los hay en África, por supuesto, pero tampoco, o menos aún, en la civilizada y democrática Europa. Lo que sí tiene Sudáfrica es a dos mujeres valientes, capaces de entender el legado de Mandela y llevarlo a buen puerto. Una es negra, Mamphela Ramphele, la médico que fue pareja de otro mártir del apartheid, Steve Biko, antes de irse a trabajar, ahí es nada, al Banco Mundial. La otra es blanca, Hellen Zille, actual gobernadora de la provincia de Ciudad del Cabo (la primera persona blanca que gana elecciones en distritos de aplastante mayoría negra), y antes de eso la periodista que se enfrentó al régimen en la denuncia de los crímenes racistas, entre ellos, curiosamente, el de Biko. Ambas constituyen la mayor y acaso única esperanza de la nación arcoiris si quiere conservar los atributos de tolerancia que sembró su creador. Lo tienen muy difícil, pero al menos lo intentan. A ver si se nos pega algo.

@JMBethencourt