X
tribuna > Charo Zarzalejos

¿¡Feliz Navidad!? – Por Charo Zarzalejos

   

Entre Soria, Montoro, el juez Ruz, la jueza Alaya, Artur Mas y demás personajes, casi no da tiempo a los que nos dedicamos al mas bello oficio del mundo como es el periodismo para caer en la cuenta de que ya es Navidad. Es cuando descubres -una vez más- que el tiempo se escapa entre los dedos, cuando hay que plantarse y, al menos, por unas horas bajarse del mundo; es decir, apagar la tele, quitar las pilas a la radio para no caer en la tentación de escucharla, esconder el Ipad y poner en silencio el móvil.

Hay que pararse para no dejar que muera la ceremonia de los altillos que es donde se guardan las figuras del Belén, las bolas del árbol, y esos pastores de plástico comprados hace ya años para que los hijos, entonces pequeños, los movieran sin causar estragos. En el rincón más profundo del altillo están los otros. Los que se rompen pero que ya se pueden poner sin temor alguno. Los hijos han crecido tanto que sólo los miran.

Ya no juegan con ellos. Si se fijan, los altillos son un poco la película de nuestra vida. Primero se subieron a ellos nuestros padres y allí guardaban la estrella fabricada por algún hijo. Luego, nosotros sustituimos a nuestros padres-”ya subo, yo, papa que tu te puedes caer”-y en esos mismos altillos, la estrella en cuestión se había multiplicado porque además de las estrella primera, estaban otras realizadas por los nietos.

Cuando nos toco de verdad el turno porque ellos, los padres, ya no están vemos como se repite la historia y junto al portal de toda la vida, aparece el disfraz de pastor de tu propio hijo que ya ha crecido tanto que te dice eso de “mamá, ya subo yo que tú te caes”. Esto es la vida misma. Y así, ofuscada en los altillos, pienso en el tradicional Feliz Navidad y se me pone nudo en el estómago. Es verdad que desgraciadamente siempre ha habido pobres y gente sola pero si siempre ha sido mucho, ahora ya es demasiado. Me da vergüenza, pudor, llámenlo como quieran, desear Feliz Navidad a quien sé que pasa frío porque no puede encender una estufa, a quien tiene la nevera vacía salvo cuando acude al Banco de Alimentos o a Cáritas o a esos ancianos que comparten soledad y declive en un asilo sin recibir el abrazo de ese hijo que un día decidió que tenía que hacer su vida y se fue y no ha vuelto.

Jesús, el que nació en Belén hace dos mil años y cambió la historia del mundo, multiplicó los panes y los peces y se ocupó de que no faltara el vino en la boda de Caná. De toda su vida solo se conoce un momento de enfado que no fue provocado ni por los enfermos, ni por los niños ni siquiera por sus enemigos. Se enfadó con los mercaderes que habían osado entrar en el templo. Les echó sin contemplaciones…